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Voces del Misterio

En busca de leyendas urbanas

Misterios de verano
En busca de leyendas urbanas
Por César Rufino

Cabe la posibilidad remota de que, a estas alturas de agosto, le duelan a usted los párpados de leer en los periódicos las mismas aburridas sugerencias para pasar un verano divertidísimo: la ruta de los tanques de salmuera, diurna o nocturna; la de las fiestas con toro; la de conseguir que le broten a uno formidables protuberancias en los pies por esos senderos y esos caminos rurales de la serranía; la de las terrazas del río y hasta la de los controles de la Guardia Civil. Pero hay un itinerario que no le ha propuesto nadie y que puede ser tan entretenido como original, ahora que tiene tiempo: salir, cual intrépido aventurero, a la caza de las leyendas urbanas propias de Sevilla; esos episodios increíbles o sobrenaturales, supuestamente verídicos, que le ocurrieron a un amigo de un amigo.

El término leyenda urbana lo acuñó un americano llamado Robert Dorson, quien, para suerte de José Manuel García Bautista y de su costumbre de salir a la calle con camisa, no es miembro de la SGAE: García Bautista, investigador de fenómenos extraños, es uno de los sevillanos que más ha trabajado y escrito sobre esa expresión, leyenda urbana, y toda una autoridad en la búsqueda de aquéllas que presuntamente han sucedido en Sevilla y alrededores. Tanto así que está a punto de publicar un libro sobre el asunto. Libro cuyo capítulo principal versará, cómo no, sobre el extrañísimo y fantasmagórico caso de la joven de la curva.

“Ubiquemos al lector”, propone este detective del misterio: la famosa curva está en la Cuesta de las Doblas, a unos 40 kilómetros de Sevilla y cerca de la localidad de Sanlúcar la Mayor. Sobre lo acaecido en ella allá por los años setenta circulan varias versiones. Una de ellas cuenta que “era una noche cerrada, caía una lluvia suave pero ininterrumpida y la niebla cubría la noche con su manto blanquecino, impidiendo ver más allá de quince metros. Un hombre”, prosigue José Manuel, “iba conduciendo su coche por esa carretera deseoso de llegar a su casa y reencontrarse con su mujer y sus dos hijas después de un largo fin de semana de trabajo. En una de las curvas del camino vio a una autoestopista; una joven morena, demacrada y pálida, empapada por la lluvia, con un largo vestido rojo (el estereotipo dice que no, que era blanco) desgarrado y sucio de barrio. Este hombre se apiadó de la joven y, pisando el freno, decidió llevarla consigo hasta el pueblo más cercano.”

Mal hecho: tras un rato de cháchara, y al aproximarse una curva cerrada, la muchacha le ruega que tenga cuidado y reduzca la velocidad. El conductor lo hace y, tras comprobar lo bien que le ha venido el consejo para cumplir su propósito de llegar vivo a los sitios, se vuelve para dar las gracias y la mujer le dice que de gracias, nada; que ella se mató allí 25 años atrás por culpa de un accidente. Momento en que la susodicha opta por desaparecer del vehículo “dejando como única prueba de su espectral aparición el asiento húmedo por sus ropas mojadas”.

“Lo curioso de esta historia”, añade García Bautista, “es que, divulgándola como leyenda urbana en un espacio radiofónico, comenzamos a recibir una infinidad de llamadas de conductores y camioneros que decían haber vivido aquella misma experiencia en aquel mismo lugar”. Mirando a ver la larga nómina de accidentes mortales ocurridos en ese fatífico recodo, el investigador se encontró con que el más grave de todos “sucedió un 21 de mayo de 1961, cuando un autobús con 63 personas que tenían por destino la aldea de El Rocío, en Huelva, cayó por uno de los precipicios de su cuneta”, dejando 22 muertos. “Uno de ellos era una chica vestida de rojo...”

Si se pasan por el lugar, verán que se las trae: advertencias de peligro, fotos de la Virgen pegadas en un árbol y otros recuerdos de la fatalidad. Si semejante contemplación les abre el apetito, pueden dirigirse a un restaurante chino e investigar, de paso, si es uno de los muchos donde supuestamente ha ocurrido esta historia (que es falsa, por si quedase alguna duda): unos amigos quedan para comer y, tras la cena, uno de ellos se pone tan malo que tienen que llevarlo a urgencias. Allí le hacen un lavado de estómago y encuentran el microchip de un perro. Adivinen cómo se llamaba la ternera agridulce.

Pero si prefieren seguir conduciendo, sepan que lo insólito es fiel amigo del automovilista y que en cualquier momento pueden protagonizar un episodio de ciencia-ficción. Como el que vivió un matrimonio ecijano en abril de 1972. Cuenta el citado amigo de las rarezas que “los Herrera circulaban por la carretera deseosos de pasar una noche de fiesta, amigos y diversión”. Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar a Sevilla, entraron con el coche en un espeso banco de niebla. Al salir de él “comenzaron a ver una capa luminosa a lo lejos, creyeron que era la luz que envuelve a Sevilla y vieron pasar a un individuo con un atuendo muy extraño que les chocó mucho”. La carretera empezó a resultarles igual de rara, de modo que en cuanto vieron un pueblo se pararon a preguntar cuánto faltaba para Sevilla. “El lugareño se quedó extrañado. Les dijo: «Aquellas luces no son de Sevilla, son de Santiago», y ellos dijeron: «¿Santiago? ¿Qué Santiago?» Y aquel hombre de indumentaria extraña les respondió: «Santiago de Chile, señor». Fue tal la impresión que tuvieron que ser atendidos por la policía, que no creyó su relato y tuvo que intervenir la embajada española para que los repatriaran.” Según García Bautista, los protagonistas de esta historia jamás contaron nada a la prensa ni a quienes quisieron indagar en el caso.

Qué será de las leyendas urbanas el día en que en Sevilla prohíban los coches. Una familia con la abuela y los niños iba por Cazalla de la Sierra en su utilitario cuando, en una parada en el mirador para estirar las piernas y ver el paisaje, se dieron cuenta de que la anciana había fallecido. Para no llevar el cadáver con los niños, al lumbreras del cabeza de familia, como último testimonio de amor por su querida suegra, se le ocurrió liar el cadáver con mantas y llevarlo en la baca hasta el pueblo, que estaba a veinte minutos. Por el camino se paran junto a una gasolinera y salen en busca de un teléfono público. Con él llaman a la autoridad, resuelven los primeros trámites y, cuando vuelven al parking... ¡no está el coche! ¡Ni la abuela! ¿Robo o venganza?

“La verdad es que nos creemos todo lo que nos cuentan y nos sugestionamos”, comenta José Manuel, “porque nos gusta creer que esas historias pasan en realidad”. Bueno, no todas.

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