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Voces del Misterio

Historiografía tartesica en el siglo XX

Fuente: http://www.uv.es/~alabau/

HISTORIOGRAFIA SOBRE TARTESSOS EN EL SIGLO XX


Durante la primera mitad del siglo XX los trabajos sobre Tartessos continuaron la tradición anterior, es decir, la búsqueda de la identificación de Tartessos-ciudad y la identificación geográfica de los accidentes, topónimos y elementos de carácter monumental arquitectónica citados esencialmente en la Ora Marítima de Avieno, elaborándose hipótesis sobre emplazamientos según el mayor o menor conocimiento de la evolución geográfica del terreno. A finales de la década de los sesenta, con motivo de las excavaciones en El Carambolo, junto a Sevilla, Carriazo optó por su ubicación en el Aljarafe.


La referencia a A. Schulten es obligada por la influencia que produjo en la investigación española. Adolf Schulten está considerado como el padre de la investigación moderna sobre Tartessos. Este catedrático de historia antigua fue un destacado hispanista alemán, que sin embargo, no se dedicó en exclusiva a estudiar esta civilización al sur de la península y realizó excavaciones arqueológicas en otros puntos de España, Italia y el norte de Africa. Sin embargo, su verdadera obsesión fue encontrar los vestigios de la ciudad de Tartessos, algo que no logró hacer. Se empeñó en excavaciones en el actual Parque Nacional de Doñana, cerca de la desembocadura del río Guadalquivir y halló un poblado romano en el Cerro del Trigo, que creyó era una población situada sobre los restos de la mítica ciudad.


Adolph Schulten


 


Buena parte de sus conclusiones sobre esta civilización se basaron en textos bíblicos y sobre todo en las referencias halladas en los clásicos griegos, como la "Ora Marítima" de Avieno, una obra del s. IV d.C., basada a su vez en las descripciones sacadas del Periplo, obra que si realizó posiblemente un autor contemporáneo de los últimos años de Tartessos. Su condición de lingüista determinó en buena parte sus teorías, principalmente, porque la investigación de Tartessos estaba en pañales y los restos arqueológicos eran muy escasos. Sin embargo, su obra "Tartessos", publicada a mediados de siglo, fue la auténtica reactivadora de la investigación futura sobre la civilización perdida.


En su obra Tartessos Schulten sitúa a dos pueblos llegados de Africa en el sur de la península, primero los ligures y posteriormente los íberos, estos conformados por numerosas tribus. Según sus datos los íberos ya estaban en la península, a la que dieron nombre, en el 4.000 a.C., pero considera que no eran un pueblo capacitado culturalmente para dar origen a una civilización avanzada como la que los griegos llamaron tartésica. El investigador alemán considera que hacia el 3.000 a.C. llegaron al sur de la península unos invasores procedentes de Creta, a los que denomina como pretartésicos, que a su juicio pusieron las bases del desarrollo posterior, y que ya en el 1.100 a.C. se había conformado como Tartessos.


Sin embargo, Schulten considera que el nacimiento de Tartessos tiene su origen en la llegada de pueblos procedentes de Asia Menor, más avanzados culturalmente como la mayoría de los de esta zona, y que tras arribar a las costas andaluzas se convirtieron en la clase dominadora, ejerciendo su poder desde el Algarve portugués hasta el levante español. Este pueblo era originario de Lidia, los Tirsenos, y empujados por otros pueblos desplazados de Europa, iniciaron un éxodo hacia occidente, que les llevó a fundar civilizaciones como Tartessos o Etruria, un pueblo ubicado en la península itálica y que también se reviste de algunos caracteres casi mágicos. Esta emigración se produjo en torno al 1.200 a.C.


Casi coincide esta llegada de los tirsenos a Andalucía con la fundación de Gadir (Cádiz), en el 1.100 a.C., aproximadamente. Schulten entiende que los fenicios quisieron comerciar con Tartessos, un pueblo rico en minerales, y trataron de establecerse en varios puntos de la costa andaluza, Sexi y la Isla de Saltes (junto a Huelva), hasta que el reino de Tartessos les otorgó permiso para fundar una colonia en la actual Cádiz, la ciudad trimilenaria. A los pobladores ya establecidos les interesaba mantener una relación comercial con los fenicios, dominadores del Mediterráneo, y así lo hicieron durante mucho tiempo.


La relación no fue sin embargo, siempre pacífica, y se produjeron guerras, e incluso los fenicios dominaron a Tartessos durante años según el historiador alemán, hasta que comenzó su declive. También permitieron los tartessos establecer colonias en su territorio a los focenses, una tribu griega, de forma que tuvieron una segunda alternativa comercial, que tomó mayor relevancia a partir del declive fenicio, que se inicia con la caída de Tiro. Hablamos ya del siglo V II a.C. De esta presencia focense, principalmente en el Levante, quedan notorias muestra de su influencia en el arte íbero.
La caída de los fenicios, que dejaron de dominar el Mediterráneo, supuso la expansión de los cartagineses, que según la teoría expuesta por Schulten, fueron los destructores de Tartessos entre el 520 y el 509 a. C. Después llegó a la península la dominación romana, que encontró cierta resistencia en los pueblos denominados turdetanos, herederos de los míticos y ya desaparecidos tartessos. Esta resistencia contrasta con la afirmación del historiador alemán que asegura que estos primitivos andaluces no fueron grandes luchadores y tuvieron que recurrir a mercenarios celtas o de pueblos íberos del norte para hacer frente a sus batallas.


La gran obsesión de Schulten fue encontrar vestigios de la ciudad de Tartessos, la capital del reino. Sus investigaciones sobre la literatura clásica le llevaron a identificar esta ciudad con la mítica Atlántida descrita por Platón y en su libro realiza una cuidada comparación entre las supuestas características de ambas civilizaciones, basada principalmente en aspectos geográficos. Schulten describe a Tartessos como una ciudad rica instalada en una especie de isla. Esta isla sería el terreno ubicado entre los tres brazos que entonces formaban la desembocadura del río Guadalquivir. Estos tres brazos procedían del lago Ligur, lo que hoy se podría identificar con la marisma del Guadalquivir.


En este punto geográfico, unos 10 kilómetros tierra adentro, debió situarse la que fue primera ciudad-Estado de occidente según Schulten. El historiador alemán encontró vestigios de un poblado romano en el Cerro del Trigo, en el interior del Parque Nacional de Doñana. Allí realizó numerosas excavaciones pero no llegó a encontrar los restos de Tartessos y en sus últimos años se convenció de que posiblemente su teoría era errónea.


La civilización tartésica tenía la peculiaridad de ser una monarquía en la que la clase dominante gobernó a los pueblos íberos del sur (curetes, massieni, bástulos, etmanei, cempsi, etc.). Se estableció una clase aristocrática, posiblemente los sucesores de los Tirsenos llegados del Asia Menor. El único rey tartésico alejado del mito es Argantonio, que según Herodoto vivió 120 años y reinó durante 80 en Tartessos. Sus antecesores míticos serían Gerón, Gargoris o Habis.


La civilización tartésica tuvo una economía próspera y una cultura superior a las que en el primer milenio a.C. se daban en occidente, más parecida a las del oriente. Fueron un pueblo que basó su economía en la minería, el comercio marítimo y la agricultura. Aprovecharon la riqueza minera de la región y gozaron de una avanzada industria metalúrgica. Además, fueron grandes navegantes. Aunque según Schulten no existen datos sobre las naves que utilizaron, el hecho de que trajesen estaño desde el norte, hace suponer que sus naves eran sólidas y rápidas. Probablemente también disponían de otras naves que surcaban el Guadalquivir para llevar a la costa la materia prima con la que después comerciaban. El río fue el centro de esta civilización y en su entorno crecieron las ciudades más importantes. En el campo agrícola y ganadero, los toros, la oveja, que producía una lana rojiza, el trigo o la miel fueron sus principales productos. El olivo lo introdujeron en la península los fenicios.


Eran un pueblo culto, que poseía el don de la escritura y amaban artes como la danza o la música, lo que cuadra completamente con ese escaso gusto por las armas y su tendencia a recurrir a mercenarios del norte. Adoraron al Sol y a la Luna. Según supone Schulten, sería lógico pensar que gozaron de obras históricas en prosa y verso, de hecho en la literatura griega existen referencias a los anales tartessos y a la existencia de unas milenarias leyes escritas en forma métrica. Todas estas características y algunas más, hicieron ver al alemán que el carácter de los Tartessos era un claro precedente de los actuales andaluces.


Este es el resumen de la visión de Schulten sobre Tarsis-Tartessos, fenicios, griegos y cartagineses, y el punto de partida para la investigación durante decenas de años, desde aproximadamente 1920 hasta finales de la década de los años sesenta. M.Almagro-Gorbea sugiera la existencia de un período proto-orientalizante, anterior a la llegada de los fenicios, datado entre los siglos XI y VIII a.C., caracterizándose por contactos esporádicos, según se advierte en un conjunto de objetos de importación de Oriente.


El descubrimiento más significativo respecto a las excavaciones arqueológicas se produjo el 30 de septiembre de 1958, en el curso de unas obras de ampliación en los terrenos de la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, asentada en la colina de El Carambolo en al Aljarafe sevillano. Se halló un conjunto de piezas áureas, dentro de una vaso a mano, compuesto de veintiuna piezas de oro de 24 quilates y un peso aproximado de 2950 gramos, consistente en un collar, dos brazaletes, dos pectorales y dieciséis placas. ¿Qué significaban estos hallazgos? El descubrimiento de la realidad material de la cultura material del Bronce final. Pero lo más importante es la atribución del El Carambolo como yacimiento tartésico - y no la ciudad de Tartessos- sugiriendo un concepto más amplio espacial, según Carriazo (descubridor del Tesoro), quien desmitificó la idea de Schulten. Admite que los orígenes se hallan en el II milenio A.C., previa a la fundación de Gadir, y que floreció entre los siglos IX y V, teniendo su apogeo en el siglo VII a. C. En cuanto a su decadencia, no fueron los cartagineses sus causantes, sino sencillamente por la imposición del hierro en detrimento del monopolio tartésico del estaño. Carriazo defendió el origen autóctono de esta cultura, como evidente, su descubrimiento por motivos comerciales por parte de fenicios y griegos y su carácter regional en el ámbito geográfico del bajo Guadalquivir. Los fenicios son meros accidentes y visitantes circunstanciales, pero no el elemento efectivo en la conformación de esta etapa histórica, pues Tartessos era ya preexistente.



Pectoral de oro


Tesoro de Carambolo


Las décadas de los años setenta y ochenta han sido de gran actividad arqueológica, que han influido lógicamente en los puntos de vista sobre Tartessos. Los estudios de territorio en las provincias de Huelva, Sevilla, Cádiz y Córdoba, en la arqueología Espacial, han constituido uno de los aspectos importantes para conocer la distribución de los asentamientos protohistóricos, su relación con los medios de producción y vías de comunicación, delimitación político-administrativa y étnica del territorio, modelos y características de los asentamientos y la posibilidad de los centros y su periferia productiva.


En suma, se posee un número suficiente de datos que permiten contrastas textos y arqueología, y centrar el problema de Tartessos más correctamente desde posiciones teóricas e históricas, contemplándose un mayor número de variables, que habían pasado inadvertidas, por esbozar un panorama más matizado y diferente, no sólo como proceso interno, sino por su proyección hacia el interior peninsular, el Mediterráneo y Atlántico.



ULTIMAS APORTACIONES


Pasamos a analizar a resumir las últimas aportaciones a la historia de Huelva y los Tartessos, aportadas por M. Pellicer y expuestas por J.M. Blázquez (Miembro de la Real Academia de Historia) en el congreso de Próximo Oriente realizado en 1997.


Es ya vieja la identificación de Huelva con Tartesos, o que aquélla fuera una ciudad tartésica con presencia de fenicios y de griegos. Un gran acierto de M. Pellicer es fundamentar sus opiniones en los datos ofrecidos por los excavadores. El autor no considera a Huelva un todo único, sino un emplazamiento bipartido, tartésico y colonial fenicio, sin establecimiento griego en los s. VIII-VII. Generalmente los arqueólogos que han trabajado en Huelva han adoptado las tesis tradicionales tartésicas sin encajar el yacimiento dentro del contexto y panorámica general de la colonización fenicia de Iberia, sin comparar las múltiples estratigrafías efectuadas, que es lo que hace ahora M. Pellicer y que añade valor a su investigación.


Desde la afirmación del afamado hispanista A. Schulten de que Huelva era la Tartesos de las fuentes griegas y romanas, basando su opinión en un periplo masaliota del s.VI a.C., esta tesis ha tenido gran aceptación, sin tener en cuenta que entre periplo y la Ora Maritima de Avieno distan 1000 años, y que esta última obra está plagada de interpretaciones. Varios autores han defendido que Huelva era Tartesos: J.M. Luzón, J.M. Blázquez, J.P. Garrido, J. Fernández Jurado y otros. J. Alvar, sin embargo, sitúa Tartesos en Cádiz.


Opina M. Pellicer, que "Tartesos no debió existir como una ciudad opulenta en ese mundo más aldeano que urbano del bronce final, según documenta la deleznable arquitectura de chozas y la primacía urbanística de los abundantes yacimientos excavados". Ya en el Congreso de Jerez de la Frontera (1993), que conmemoró los 25 años del primer congreso sobre Tartesos, se defendió, con gran indignación de los asistentes, que la cultura ibérica es muy pobre comparada con la etrusca coetánea. Basta comparar la joyería tartésica y la etrusca.


M. Pellicer, opina que que Tartesos, en el Bronce Final, fue un mundo más aldeano que urbano. Tartesos careció de escultura autóctona; en cambio Etruria la tuvo ya en el periodo orientalizante, y muy abundantemente. Basta recordar unas pocas piezas: la cabeza y busto femenino en piedra calcárea de Vetulonia, túmulo de Pietrera, de finales del s. VI a.C., o las dos cabezas masculinas en terracota, varios canopos, de procedencia desconocido uno y de Cetona el segundo, fechados en torno al 575 y a comienzos del s.VI a.C., respectivamente; o el centauro en negro de Vulci, Poggio Maremma, de finales del s. VII o comienzos del siglo siguiente; o la estatuilla de guerrero, en piedra fétida, de Chiusi, del segundo cuarto del s.VI a.C., o la estatua de joven cabalgando un monstruo marino, de Vulci, Poggio Maremma, datado poco después de mediados del s.VI a.C. etc.


Tampoco en Iberia, en el periodo orientalizante o tartésico, hubo pintura funeraria, o por lo menos no es conocida hasta el momento presente. Desde finales de la Edad del Bronce se representan espejos en las estelas, y en la realidad, en las tumbas de La Aliseda y de Huelva (necrópolis de La Joya), pero no han aparecido en Tartesos espejos figurados con incisión como los de Tarquinia, de finales del s.VI a.C.; ni estelas en piedra de 170 cm de altura, con figuras de guerrero en relieve, como la de Volterra, fechada hacia 550 a.C.


Para M. Pellicer, "Tartesos respondería más bien a una vasta comarca densamente poblada por unos indígenas tartésicos del Bronce Final, entre el Bajo Guadalquivir y el Guadalete, con extensiones por el Algarve, con un retropaís definido por una extensa franja piritífera desde Córdoba hasta la Sierra de Monchique en el sur de Portugal, y con los que los colonizadores fenicios contactaron en el sur de Portugal desde mediados del s. VIII y s.VII a.C.". Se ha generalizado la idea de que la colonización fenicia no parece ser posible al área onubense y que Huelva no fue una colonia fenicia, sino un núcleo tartésico aculturado por los fenicios en virtud del comercio de la plata. Se admite la presencia física de fenicios y de griegos en Huelva. Contra esta tesis M. Pellicer propone otra que juzgamos de gran novedad y totalmente defendible, pues se apoya en un inteligente análisis de los materiales arqueológicos. El catedrático de Arqueología de la Universidad de Sevilla afirma que "si se admite la presencia fenicia en Huelva desde el s. VIII a.C., de unos comerciantes fenicios, es lógico suponer que tendrían allí el emplazamiento de su hábitat y de su factoría metalúrgica, dotada de nuevas técnicas de fusión y copelación del mineral de plata, y, en definitiva, que se tratase de unos colonos industriales y mercaderes marítimos". M.Pellicer, estudiando los restos materiales, sitúa una colonia fenicia en la parte baja de la actual Huelva, en las calles Puerto, La Piterilla, Botica, Méndez Núñez, Quintero Báez, La Fuente, Isaac Peral, Palos, Tres de Agosto. Los núcleos indígenas situarían sus hábitats en la parte alta de la ciudad, en los cabezos de San Pedro y de La Esperanza, y seguramente otros.



El examen pericial de las estratigrafías (Fig. 2) de Huelva indican una dinámica cultural totalmente diferente entre la parte baja de la ciudad, donde parece asentarse el establecimiento fenicio, basado en la urbanística, en las estructuras y en las técnicas arquitectónicas, en las especies cerámicas, en las técnicas metalúrgicas y en la cronología estratigráfica. Por su parte, los cabezos estarían habitados por poblaciones indígenas del Bronce Final, que en la segunda mitad del s.VIII se orientalizaron. De este hecho deduce M. Pellicer, sin duda acertadamente, que Huelva no es un yacimiento único, sino múltiple, con un asentamiento del Bronce Final, tartésico precolonial, al menos desde el s.IX a.C. asentado en los cabezos de San Pedro, de La Esperanza, del Cementerio Viejo, del Molino del Viento y quizás de Moncada y del Conquero, con una necrópolis no descubiertas aún, con cabañas de barro (Fig. 3). Este último asentamiento supera las 25 Ha. La colonia, factoría o emporio, fenicia surgió a mediados del s.VIII a.C. en la parte baja análoga, pero con funciones diferentes al de la Torre de Doña Blanca, y al de Sexi, paralelo en simbiosis con el poblado indígena de los cabezos, con el que mantendría una economía colonial.


En el s.VII a.C. Huelva sería , en opinión de M.Pellicer, una de las colonias más prósperas de Iberia, con una extensión de unas 10 Ha. y con una población de unos 2000 habitantes, mixta, y en pacífica convivencia. Este autor concede mucha importancia al texto de Estrabón (3.5.5) que afirma que Onoba fue el segundo punto donde arribaban los tirios antes de fundar Gadir en su tercer intento.


Pasa M. Pellicer a estudiar los datos arqueológicos. Onoba en los s.VII-VII a.C. tendría una extensión de 10 Ha, extensión sólo superada en este tiempo por Gádir (15 Ha.) y por el complejo de Toscanos / Peñón / Alarcón, con 12 Ha. y por Málaga con una extensión aproximada. A la Torre de Doña Blanca se le asignan 6 Ha.; 2 Ha. al Cerro del Prado, y otras 2 Ha. a Montilla; 5 Ha. a El Cerro del Villar; 2 Ha. al Morro de Mezquitilla; 3 Ha. a Las Chorreras; 6 Ha. a Almuñécar, y 2 Ha. a Adra.


Sólo ha sido excavada la necrópolis de La Joya, que pertenece a población tartésica orientalizada. No se han descubierto las necrópolis fenicias. El muro del cabezo de San Pedro, realizado con técnica fenicia, es prueba de la colaboración entre pobladores fenicios e indígenas a mediados del s.VIII a.C. El fragmento de cerámica ática, perteneciente al geométrico medio II, 800-750 a.C., es el vestigio más antiguo de la presencia fenicia en Huelva, y apareció en la parte baja de la ciudad, en la calle Palos.


Las excavaciones de Fernández Jurado en las calles del Puerto (Fig. 4), Méndez Núñez, Botica, etc., prueban, utilizando las palabras de M. Pellicer, "que Huelva es uno de los establecimientos fenicios más primitivos del extremo occidental mediterráneo y atlántico", coetáneo o algo posterior a Gadir, a la Torre de Doña Blanca, a La Montilla, a El Cerro del Villar, a Toscanos, a Morro de Mezquitilla, a Chorreras, a Sexi, a Abdera, o a el de Lixus.


Gran acierto del trabajo de M. Pellicer es indicar que la urbanización y arquitectura de los s.VIII-VIII a.C. de Huelva es típicamente fenicia y diferente de aquélla de los Cabezos. La erosión ha hecho gran destrozo. En la necrópolis de La Joya han desaparecido las superestructuras, que seguramente serían tumulares, como lo son las de Santa Marta y del Parque Moret. El tipo de arquitectura del subsuelo de Huelva es fenicio, como lo demuestran las plantas rectangulares de 4,2 m. de lado en el Puerto, los grandes zócalos de piedra, con esquinas perfectamente escuadradas, los muros de adobe o tapial encalado, con divisiones internas, patios, pavimentos de marga apisonada pintados de rojo o de amarillo, lajas de pizarra, de guijarros y de conchas. Los hogares son de placas de arcilla, las techumbres de carpintería, los hornos de planta circular con zócalos de piedra y cúpula de arcilla, con más de un metro de diámetro, para fundir plata, las calles y los espacios son abiertos. Es muy acertada la opinión de M.Pellicer de que no se trata de una expansión urbana por el sureste de la ciudad del núcleo tartésico de los cabezos del s.VIII a.C. hacia el Odiel, sino, como él mismo dice, "de una nueva ciudad, construida ex novo por colonos fenicios, paralela y gemela a los poblados indígenas emplazados en la altura". Este fenómeno es análogo al detectado en la Torre de Doña Blanca respecto a las poblaciones del Bronce Final de La Dehesa, o, en la ciudad vieja de almuñécar respecto al Castillo. Los poblados altos obedecen a una necesidad de defensa natural. El emplazamiento fenicio se debería a los marinos metalúrgicos y comerciantes que necesitaban un puerto en el estuario, y un hinterland rico en plata.


La plata era el mineral más buscado por estos comerciantes. Los indígenas colaborarían con ellos, proporcionándoselo del foco minero de Riotinto y de la sierra del Andévalo, que los mismos indígenas transportarían hasta Huelva. Los beneficiarios serían las élites indígenas que aceptaron el rito de la incineración de los cadáveres.


Otra de las novedades y gran aportación del trabajo que comentamos de M. Pellicer es la propuesta de la ubicación de un santuario fenicio consagrado a Melqart, cuya existencia demostrarían las dos estatuillas de bronce fechadas en los s. VII-VII a.C., halladas en la Barra de Huelva, que representan a unos dioses sirio-egipcios, del tipo de los recogidos en Cádiz, en Sancti Petri, donde se sitúa el Heracleion. Pensamos que el Heracleion funcionaría como karum, según la tesis propuesta. Lo mismo sucedería con el santuario de Cástulo, de tipo oriental, igual que los santuarios chipriotas estudiados por V. Karageorghis, que monopolizaban las explotaciones de las minas.


Desde el 700 a.C. la colonia fenicia fabricaba en Huelva casi la mitad de las cerámicas con las técnicas nuevas (40,6%). A mediados del s.VII a.C. la cerámica fenicia (53,45%) superaba ya a la indígena (46,55%). A finales del s.VII a.C. la cerámica fenicia representa el 72,8% y en el tercer cuarto del s.VII acapara el 74,5%. Un 10% de esta cerámica fenicia son ánforas de transporte.


En los platos se observa un fenómeno de arcaísmo no documentado en otras colonias fenicias. A partir del 700 a.C. casi no evolucionan los bordes de los platos.


Al comienzo de la colonización fenicia en Huelva, se observa, al contrario que en Toscanos, un alto porcentaje de cerámica indígena, debido a la presencia de una densa población tartésica.


En Toscanos, entre los siglos VIII y VII a.C. la cerámica griega es muy escasa, mientras la fenicia representa el 97%, de la que el 70% son ánforas de almacenamiento; el 16% son vasos de barniz rojo; el 8% cerámica pintada geométrica; 6% cerámica gris de Occidente; 2% cerámica griega, kotylai protocorintias; 4% copas de Grecia oriental, ánforas áticas SOS, ánforas samias, etc.


En Huelva la cerámica griega es más abundante y variada. Su número aumenta desde finales del s.VIII hasta finales del VI a.C. Conjugando dos cortes, Puerto 6 y 9, y Méndez Núñez 84, la cerámica griega, comparada con la fenicia y con la indígena, arroja los siguientes resultados: 0,85% a finales del s.VII a.C.; 6,63% entre el 600 y 590 a.C.; 13,6% entre 590 y 560 a.C.; y 9,26% entre 560 y 530 a.C.



Cree M. Pellicer que este aumento de cerámica griega no es argumento suficiente que demuestre la presencia de una importante población griega en Huelva en el s.VII a.C., sino más bien la intensificación del comercio fenicio con la Grecia del Este, con las colonias jonias suritálicas y sicilianas, y con Massalia, de donde proceden la mayor parte de estos productos. Nosotros creemos que los fenicios pudieron obtener estas cerámicas en el Este más bien que en Sicilia o Massalia, pero tampoco se puede descartar completamente la tesis de M. Pellicer. Esta nueva propuesta de que la cerámica griega de Huelva pudo ser traída por los fenicios tiene un argumento importante a su favor: el hecho de ser poca comparada con la fenicia. El Ps. Scillax afirma que los fenicios llevaban al Occidente la cerámica griega.


La presencia de esta cerámica griega obedece a que los destinatarios tartésicos exigían productos de mayor calidad. De todo lo dicho deduce M. Pellicer que Huelva era "una colonia fenicia de singular importancia", lo que parece ser cierto, y que reunía las condiciones óptimas para su asentamiento, como son la desembocadura de un río, el Odiel; el estuario para un puerto; un ecosistema adecuado para alimentarse de los productos del mar; abundantes pastos para el ganado, y un retropaís rico en minas y en mano de obra tartésica. Huelva, entre los s.VIII-VII a.c. fue, según concluye brillantemente M. Pellicer, "una cabeza de puente para el emporio nuclear gaditano, integrado en la política y economía de Cádiz, fácilmente comunicada por mar con los establecimientos fenicios del Algarve portugués, con las desembocaduras de los ríos Sado, Tajo y Mondego, y con la costa malagueña".



La orientación del extremo suroeste peninsular estaría en función de la plata, a la que se añadiría el marfil, los huevos de avestruz y otros productos exóticos de Lixus o Mogador, más el estaño de las Casitérides. Esta tesis la creemos muy aceptable. Huelva mantenía relaciones con el sur de Portugal con los yacimientos orientalizados del s.VI a.C, como Rocha Branca de Silves en el río Odeloucas; de Monte Molião de Lagos, de donde importaría cobre y plata; de Setúbal, y de Alcácer do Sal, en el Sado; de Lisboa, en el estuario del Tajo, hasta Alcãçova de Santarem, llegando hasta el estuario del Mondego fundando la factoría de Santa Olaia en Figueira da Foz con otros yacimientos menores, como Tavarede, Montemor O Velha, Castro de Soure hasta Conimbriga; y de Almaraz, donde se crean factorías ya en el s.VIII a.C.


La orientalización de Extremadura y de la Meseta Occidental, que se consideraba ahora resultado del comercio tartésico desde el suroeste hispano, en opinión de M. Pellicer podía responder a la actividad comercial de las factorías fenicias de la costa portuguesa. Esta última tesis la encontramos discutible, pero hay que contar con ella para posteriores estudios y conocer mejor las factorías fenicias de la faz atlántica, o, pensar, al menos, en la existencia de ambas vías de penetración hacia el interior peninsular.


Este trabajo de M. Pellicer es de gran importancia por la cantidad de nuevos puntos de vista e hipótesis que ofrece, por el rigor de su desarrollo, y, sobre todo, por el abanico de perspectivas que abre para el futuro.



FUENTES LITERARIAS


 


Uno de los primeros problemas a los que hemos de hacer frente al hablar de Tartessos son las fuentes clásicas en las que nos apoyamos para poder localizar y encontrar algunas características de Tartessos. Gracias a los datos aportados por la arqueología, es posible confirmar algunas y desestimar otras.



 


Las primeras referencias a Tarsis las encontramos en la Biblia, estas referencias han sido descartadas como referidas al Tarsis de la Península Ibérica, refiriéndose previsiblemente a la India o a Tarsos. La primera noticias de Tarsis de la que nos informa el libro sagrado, aparece en "El libro de los Reyes I" 10, 22: "... En efecto, el Rey tenía en el mar una flota de Tarsis, junto con la flota de Irma; y una vez cada 3 años, llegaba la flota de Tarsis, trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales". Identificar esta Tarsis con Tartessos resulta harto complicado por varias razones:







      1. Se produce una gran discusión identificarla con Tartessos ya que, de ser cierto, significaría que los fenicios arribaron las costas peninsulares en el s. X a.C – época de Salomón- y no dos siglos después como viene asegurando los investigadores, apoyados por las pruebas arqueológicas.




      2. Al hablar de Flota de Tarsis no indica, necesariamente, que se trate de barcos o de un lugar geográfico.


        Existe también la posibilidad de que con la palabra Tarsis se esté refiriendo a un tipo de barco, de modo que no estaría identificando Tarsis con ningún lugar aunque esto puede llevar a pensar que si se acepta que en esta ocasión se designa un tipo de barco, tal vez se denominan de esa manera haciendo referencia a un lugar en el que se dan ése tipo de barcos y que se conoce por el comercio de tanteo. Sin embargo esta hipótesis no tiene ninguna solidez.




      3. Los elementos que nombra, oro, plata, marfil, monos y pavos reales, inclina a no identificar Tarsis con nuestra Tartessos puesto que, aunque el otro y la plata si eran riquezas de Tartessos, no así el marfil, monos y pavos reales, más propios de zonas africanas.








Biblia poliglota complutense


Otra cita interesante, en la Biblia, y que nos da, o en la que podemos ver otra interpretación, que nos acerca más a la visión de Tartessos, es la que aparece en Ezequiel 27,12. Esta cita ha sido datada hacia 586 a.C., fecha muy importante pues, según Pellicer, Almagro y Molina, estamos en el auge de Tartessos orientalizante. En ella, y refriéndose a Tiro Ezequiel hace una elegia por su destrucción, nos dice: "... Tarsis comerciaba contigo por tus riquezas de todo género, con plata, hierro, estaño y plomo, pagaba tus mercancías". Estas palabras nos acercan, o más bien nos constatan lo que se sabe por otras fuentes: ahora sí quepo demos afirmar que la Biblia, al referirse a Tarsis, indica un lugar geográfico, una entidad física, hecho éste que no podíamos aseverar con El Libro de los Reyes y, además, nos informa de las riquezas de Tartessos si es que nos aventuramos a identificar este Tarshis con el sur, pues otros textos, ajenos a la Biblia nos recuerdan las riquezas, tanto ganaderas como minerales de Tartessos.


 


Sin embargo no podemos afirmar que esta Tarshis se refiera a nuestro Tartessos pues aunque e cierto que Tartessos era rica en esos minerales, no es menos acertado asegurar que estas mismas características se dan en otras partes del Mediterráneo antiguo.







 


Plano general de la Bahía de Cádiz , l s. XVIII.


Buena prueba de ello son las conclusiones a las que llegan diferentes eruditos antiguos con las mismas pruebas: mientras Flavio Josefo la identifica con tarso de Cilicia; Orígenes cree ver en Tarshis alguna región de Etiopía y Julio Africano se inclina a pensar en Rodas o Chipre.








    • En el Salmo 72:10 tenemos otra referencia a Tarsis, en el que nos dice "... Los monarcas de Tarsis y las islas ofrecerán regalos; los reyes de Arbai y Saba traerán presentes..." . Al decir "Tarsis y las islas" ¿tal vez podrirá indicar que ambos reinos están cercanos geográficamente?, al igual que Arabia y Saba los están. En la época en que se escribió el Salmo y quién lo escribió (se atribuye a Salomón) nos situamos cronológicamente, de nuevo, en el s. X a.C., época en la que no se ha producido la colonización fenicia de las cosas andaluzas y no hay, hasta el momento, ninguna prueba de la existencia de un reino en islas.




    • Por último, analizamos someramente lo que Jeremías 10:9 nos vuelve a nombrar las riquezas en plata de Tarsis: "... Recubiertos están de plata importada de Tarsis y de otro de Ofir..." . La época en la que vivió y escribió este profeta se ha datado entre os años 650 y 645 a.C. en pleno auge orientalizante de Tartessos. De nuevo tenemos una zona, Tarsis, famosa por su riqueza en plata y otra, Ofir, supuestamente cerca de Saba, en el mar Rojo.


Como conclusión asistimos a la existencia de un lugar llamado Tarsis o Tarsis en un dilatado espacio de tiempo, desde Salomón a Jeremías, en el que es tremendamente complicado y arriesgado identificar alguna de las citas con nuestra Tartessos, aún sabiendo que muchas de las riquezas de las que se nombran se dan en estas tierras. Pero no habiendo, todavía, más que eso, meras coincidencias, sin que se puedan apoyar en pruebas arqueológicas, lanzar una hipótesis basada en los textos bíblicos es enormemente arriesgado.



FUENTES GRIEGAS


Al contrario de las fuentes bíblicas en las que se hace referencia a un lugar desconocido hasta ahora pero en el que se han querido ver muchas ciudades y, por lo tanto, no podíamos asegurar dónde se hallaba Tartessos, al adentrarnos en el mundo griego, nos encontramos con abundante información - una mejor que otra - en la que, ahora sí, todas las alusiones se refieren, sin duda al Tartessos protohistórico peninsular.



Estrabón, S. XV Manuscrito


Entre estas fuentes, la primordial y fundamental es la obra de Estrabón "Geografía", cuyo libro III dedica a Iberia, Estrabón nunca llegó, en sus múltiples viajes, a la Península Ibérica, lo que nos haría desechar muchos de sus datos, sin embargo y para suplir dicha carencia, Estrabón nos da la oportunidad de conocer parte de la obra y comentarios de dos poetas que se sitúan mucho antes que él, en épocas tartésicas.


Antes de continuar cabría situar cronológicamente a Estrabón: nació en Amáseia, ciudad del Pontos (actual Mar negro, en Asia Menor), hacia el año 63 a.C. (por tanto varios siglos después de la desaparición de Tartessos).


Tiene orígenes cretenses pues su familia era oriunda de dicha isla. Aprendió en gracias con el gramático Aristódemos y en Roma con el también gramático Tyrannion. La fecha para su presencia en Roma se sitúa hacia 29 a.C. y poco después comienza sus viajes: Egipto, Etiopía, cruza desde Cerdeña hasta Armenia y desde el Mar Negro hasta Etiopía, se sospecha que estuvo en Asia. Su muerte de fecha hacia 19 d.C. Su obra "Geografía" "Geographiká" se fecha entre los años 29 en que comienzo su periplo, hasta 7 a.C.


Al no haber visitado Iberia en la época de Tartessos, se ayuda de las palabras de dos poetas: Anacreonte (hacía 530 a.C.) y Estesícoro de Himera (aproximadamente 600 a.C.) y, aunque estos dos autores no son personalidades científicas de gran peso, sí nos aportan, características de nuestro objeto de estudio.


En el capítulo II de su libro III, Estrabón nos describe lo que él conoce como Turdetania y nos habla de las maravillas de esta zona, de la fertilidad de sus tierras (III, 2, 4) y la riqueza y abundancia de minerales (III, 2, 8), pero lo que más nos interesa es la cita III, 2, 11 en la que nombra al monte Argüiros, del que mana el Baitis (Guadalquivir) y "... Parece ser que los antiguos llamaron Baitis a Tartessos..", hecho que coincide con otras noticias, pero que por sí mismo no lo podemos tomar como verdad absoluta ya que otros autores, como T. Livio asegura que oto nombre del Guadalquivir en la antigüedad fue Certis. Y sigue Estrabón: "...Y como el río tiene dos desembocaduras, dícese también que la ciudad de Tartessos, estuvo edificada antiguamente en la tierra sita entre ambas, siendo llamada región Tartessis, la que ahora habitan los tourdouloi..." He aquí una localización geográfica de Tartessos (entre dos ríos, así como el territorio por el que se extienda (lo que más tarde ocupan los Turdulos).


La otra reflexión (III, 2, 14) no nos acerca a esta civilización desde un punto de vista geográfico, sino que nos ofrece otra visión, por otra parte ya conocida y abundantemente comentada en las fuentes: la longevidad de sus monarcas como símbolo de felicidad; sin olvidar la ya consabida riqueza mineral:




"...Hallaron que en la Tourdetania se usaban pesebres y grandes cántaros hechos con plata; por ello podría preguntarse si no sería por su gran felicidad por lo que estos hombres tuvieron reputación de longevos, sobre todo sus reyes, que por ello Anakreon pudo decir en este pasaje: " Yo mismo no desearía ni el cuerno de Amalthie no reinar ciento cincuenta años en Tartessos"..."

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Con sólo estas dos citas, que nos son las únicas en el libro de Estrabón, pero sí las que más nos interesan, podemos sacar varias conclusiones:





  • Tartessos se situaba en lo que Estrabón conoce como la Turdetania, cosa que las fuentes arqueológicas han constatado.




  • Tartessos desde la antigüedad, se identifica como el paraíso en la tierra. Tiene todo lo que el ser humano busca desde la noche de los tiempos: la felicidad que, con menor o mayor acierto, se ha identificado con riqueza y longevidad. La riqueza mineral y ganadera, la fertilidad de las tierras..... hechos que es difícil que se den todos a un tiempo y en un mismo espacio geográfico, se conjugan en Tartessos para proporcionar a sus gentes en general y sus reyes en particular esa felicidad tan ansiada y que provoca el bienestar necesario para una larga vida.


También encontramos referencias en Heródoto en su libro "Historia". Heródoto nació en Halicarnaso, en el s. V a.C. y Cicerón adjudicó el título de "Padre de la Historia".


 













Heródoto ( copia de Constantino Lascaris), 1487


 


En dos pasajes de su obra: el primero de ellos (I, 163) nos habla del rey, por antonomasia de Tartessos, exponente sin igual de la felicidad: Argantonio:


Al hablar de los foceos nos cuenta "... No navegaban en naves mercantes, sino en penteconteros. Y, al llegar a Tartesso, se hicieron muy amigos del rey de lso tartesios, cuyo nombre era Argantonio, que gobernó Tartesso durante ochenta años y vivió en total ciento veinte. Pues bien, los foceos se hicieron tan grandes amigos de este hombre, que.... les animó a abandonar Jonia y establecerse en la zona de sus dominios...". Es importante este Texto pues nos sitúa a Argantonio en una época que podemos datar por comparación con otros hechos que ocurren como es la llegada de los foceos a la Península. Dicha fecha se sitúa hacia 630 a.C., y que según los profesores Alvar y Blázquez tiene su constatación física en la gran cantidad de cerámica griega que aparece en Huelva, cerámica de los mejores talleres de la época. Su vida y reino, estarían situados entre los años 670 y 550 a.c.


El otro texto al que nos vamos a referir (4, 152) es más interesante pues nos dice que los samios partieron, con Coleo como capitán de la nave, de la isla con intención de llegar a Egipto, pero el viento de levante los desvió y atravesaron las columnas de Hércules y llegaron a Tartessos, emporio comercial sin explotar. Si fechamos el texto, por otros datos del mismo hacia 630, tenemos que antes de esa fecha no hay contactos directos entre griegos y Tartessos. Este viaje o el relato de es te viaje se nos hace más interesante pues más que un desafortunado incidente que les impide coronar su objetivo que era llegar a Egipto, parece ser, para la gran mayoría de los científicos como García y Bellido o Maluquer la coronación de los viajes de tanteo de los griegos en busca de metales y eliminar de este modo al intermediario fenicio. Estas afirmaciones pueden apoyarse en el descubrimiento en el Herarión de Samos de unos peines de marfil con figuras grabadas que parecen ser hechas por el mismo taller y técnica que los hallados en Carmona y Osuna. Dicho depósito se puede fechas hacia 640-630, fechas en las que se desarrolla el viaje narrado por Heródoto.



FUENTES ROMANAS


La más importante es la obra llamada "Ora Marítima", escrita por Rufus Festus Avienus (s.IV a.C.) en que se hace un aproximación descriptiva de las costas peninsulares



Comentario del siglo XVII


a la Ora Marítima de Avieno


Sin embargo esta descripción no es suya propia ya que el mismo nos avisa que para escribir su obra se ayudó de textos muy antiguos y que constituye un periplo griego fechable en el s. VI a.C.. se transcriben a continuación las palabras del Dr. García y Bellido, que glosa de esta manera: "...Tartessos está en una isla del golfo de su nombre, en el cual desemboca el río Tartessos, que baña sus murallas después de pasar por el lago Lagustino.


El río forma en su desembocadura varias bocas, de las cuales tres corren al oriente y cuatro al mediodía, las cuales bañan la ciudad. Arrastran en sus aguas partículas de pesado estaño, y lleva rico metal a la ciudad de Tartessos. Cerca se hallan el "monte de los Tartesios", lleno de bosques, y el "monte argentario", sito sobre la laguna Ligustina, en cuyas laderas brilla el estaño. La ciudad de Tartessos está unida por un camino de cuatro días en la región del Tajo, o el Sado, y por otro de cinco con Mainake, donde los ricos tartesios poseían una isla consagrada por sus habitantes a Noctiluca. El límite oriental del dominio de los tartesios estuvo en tiempos en la región de Murcia, y el occidental en la zona de Huelva."


MARCO GEOGRÁFICO TARTESSOS


El espacio donde tuvo lugar la cultura tartésica se ciñe fundamentalmente en Andalucía Occidental, en las provincias de Huelva, Sevilla, Cádiz de acuerdo con la geografía actual.


Situación de los Tartessos de acuerdo Adolph Schulten


No obstante debido a los fenómenos geomorfológicos, en gran parte por causas antrópicas, se han producido cambios físicos, que haría que los fenicios no recnocieran las costas.


La importancia cultural y económica de la fachada atlántica andaluza la han realizado geógrafos e historiadores grecorromanos y se pueden concretar en los datos que se exponen a continuación.


La desembocadura del Guadalquivir se situaba más al interior, acaso en las cercanías de Puebla del Río, desembocando en un extenso lago, en época romana. Antes debió abirse una amplia bahía, cuya boca delimitan Matalascañas y Sanlúcar de Barrameda, en la segunda mitad del primer milenio se fue incrementando a la entrada de la laguna un cordón litoral durario, lo que es Doñana. En un punto de marisma es donde Schulten situó la ciudad de Tartessos. En la zona oriental de esta laguna se abrían esteros navegables. Estrabón no deja dudar en este aspecto y la situación de los yacimientos lo confirma. Este autor describe la costa entre el cabo de San Vicente y el Estrecho de Gibraltar:


" en la que se abren frecuentes escotaduras semejantes a hondonadas de regular tamaño, por los que el mar penetra tierra adentro hasta muchos estadios de distancia" (III,2,4), por donde además "los barcos pueden subir como si lo hiciesen por un río".


En torno a estos esteros, y a lo largo de toda la vía fluvial del Guadalquivir, se materializó un núcleo denso de población por las posibilidades económicas, mineras y agropecuarias. Es decir, el patrón de asentamiento de esta costa en época púnica y romana no debía diferir básicamente del protohistórico o tartésico, como señalan los estudios de territorio efectuados. Mesas de Asta, Lebrija y Huelva contienen bajo sus estratos más recientes otros del bronce final de especial importancia y significado.



Desde un punto de vista agrícola, toda la margen izquierda del Guadalquivir era una planicie de materiales terciarios que constituyen las campiñas. Predomina en la ella tierra cala, dedicada al cultivo del Cereal y el olivo. Al sudoeste de los Alcores en la campiña Gaditana, se extiend la Vega de Carmona, de terrenos linosos, cuyos desbordamientos feritilizan sus márgenes. En cuanto a las terrazas de los ríos, por lo general arenosos, los suelos son bastante permeables y se prestan especialmente al cultivo del olivo y de los cereales. Esta zona la encontramos descrita también en Estrabón, donde encontramos descritas las posibilidades agrícolas y ganaderas de la margen izquierda del río Guadalquivir. Al oeste de Sevilla, la meseta de Aljarafe, posee suelos muy fértiles, y una gran reserva subterránea de agua, que lógicamente contribuye al establecimiento humano.


La marisma al sur de Sevilla, es pantanosa y su actividad económica se relaciona con la pesca, aunque permite, y en grado elevado, la existencia de ganadería vacuna. La actual marisa ocupa la extensión de una antigua laguna en la que desembocaba por el norte, el Guadalquivir, el poblamiento se expandió aquí en sus orillas, y en las de los esteros.


La Pesca es la actividad principal del litoral. Aquí la población se concentro en los estuadríos de los ríos. En sus márgenes. Estrabón menciona sus productos. Hay que considerar los diferentes factores favorables de posición estragégica que tivieron diferentes puntos del litorial, que dominan el paso del Estrecho, han favorecido su desarrollo portuario desde el primer asentamiento fenicio. El despligue de poblamiento en torno a Sevilla y la desembocadura del Guadalquivir denota lo estratégico de su situación.


Sierra Morena aparece como una región casí deshabitada, de suelos pobres y afectados por la erosión, que dificultan el desarrollo agrícola. En general predomina la explotación ganadera, y sólo en la vertiente sur, próxima al Guadalquivir, aparece el olivar, lo cual no impidió que en sus estribacional meridional se habitasen con intensidad en el bronce final. En cambio, Sierra Morena, es una de las regiones más ricamente mineralizadas de toda la provincia y a esto se debe primordialmente su ocupación. La zona oriental de Sierra Morena ofrecen un porcentaje bajo de explotación comparado con el de Huelva. Es una zona rica en minerales de hierro, cobre y especialmente en plomo, además de plata. Su interés radica en la situación de sus yacimientos más próximos al Guadalquivir, por el que se podían comercial fácilmente sus productos, y por su situación de paso hacia la Meseta, también tiene como ventaja el poder elegir una salida hacia la costa Mediterránea o la Atlántica, lo que la convierte en un centro distribuidor importante.


CULTURA


La presencia fenicia en Occidente y la interacción con la sociedad indígena conllevó cambios en la cultura material y en consecuencia en una mayor especialización artesanal y en otros aspectos socioeconómicos, básicamente desde fines del siglo VIII y durante el siglo VII a.C. Desde una visión histórico-cultural, se ha denominado a esta etapa "fase orientalizante", como reflejo de los aspectos de origen semita que se advierte en este tiempo. A continuación se pasa a detallar de los aspectos más relevantes, se empezará analizando el alfaberto tartéssico y a continuación diversos aspectos de la tecnología según la propuesta de que la tecnología constituyó el incentivo básico de los cambios tecnológicos y socioeconómicos acaecidos en el seno de la sociedad indígena y en la conformación del concepto histórico de Tartessos.




ALFABETO TARTÉSSICO


El sistema de escritura tartésico o turdetano es consonántico y fue usado desde el 700 (?) al 200 a. C. El sentido de la lectura es de derecha a izquierda.




La estela de Almoroquí (figura inferior) es la inscripción más breve en escritura tartésica, pues consta de solamenre 13 letras divididas en dos palabras. Su lectura es como sigue:


a ko o (s) i o s n a r ke e ti i




Estela de Almoroquí


La zona del Algarve portugués ha sido especialmente rica en yacimientos epigráficos tartésicos. La inferior es la estela de Ourique. Su lectura es como sigue:



l i i r n e s ta ku u n ba a n e o o r o i r ba (a r e n a r) ke e n i i




Estela de Ourique (Portugal)


La figura inferior muestra los signos alfabéticos y silábicos de los sistemas tartésico e ibérico




Sobre el origen del sistema de escritura tartésico se ha especulado mucho y se han propuesto diversas procedencias: los silabarios lineal es de Creta y Chipre, por un lado, y la influencia fenicia, por otro.


URBANISMO Y TÉCNICAS CONSTRUCTIVAS



Las cabañas simples de estructura vegetal, y su disposición nuclear, adquirieron desde fines del siglo VIII una estructura urbana diferente, con ínsulas compuestas de un número variable de viviendas, viviendas con patios y habitaciones rectangulares o cuadrangulares, y en ocasiones de dos pisos, calles, almacenes, edificios públicos, fortificaciones y zonas portuarias en el litoral o riberas de los ríos, utilizándose para ello materiales de construcción y tecnología más compleja, para cuya ejecución se requería una abundante mano de obra indígena, posiblemente ocupada durante la mayor parte de su actividad laboral, o a tiempo completo la albañilería. Al margen del significado urbano cabe destacar que la ciudad llevó consigo la aparición de mano de obra especializada probablemente con plena dedicación a la construcción.



CERÁMICAS


Desde finales del siglo VIII y durante todo el siglo VII se asiste a una sustitución progresiva de la cerámica indígena a favor del repertorio fenicio. Cabe señalar el uso del torno rápido, hornos más elaborados y una mayor producción de cerámica, para satisfacer la diversificación productiva y el comercio exterior. En este sentido, y por razones comerciales, las ánforas ocupan un lugar destacado en la industria alfarera.



Tipológicamente se advierte cambios en el elenco cerámico indígena, que ofrecen menos calidad que en la época precedente. Se advierte menos cuidado con su ejecución y son más escasos los cuencos con decoración bruñida interior y las decoraciones pintadas monocromas en rojo del tipo que se ha denominado "Carambolo" o "Guadalquivir", del siglo VIII. Salvo en las ollas de cocina o grandes vasos de almacenamiento, son frecuentes los platos a torno, vasos cerrados con asas, platos de pasta y superficie gris a torno, cuencos, trípodes, pithoi, o grandes vasos de almacenamiento para productos sólidos y líquidos, y ánforas, consecuencia de un comercio que se intensificó durante el siglo VII.



Minería y metalurgia


Con anterioridad a la presencia fenicia, y pese a la existencia evidente del trabajo metalúrgico del bronce, desde la primera mitad del siglo VIII la diferencia estriba en un aumento exponencial en la extracción de minerales, cobre, plata y oro, y de objetos metálicos a los que se ha de añadir la nueva tecnología en la fabricación de objetos de hierro. La plata constituyó la principal actividad, en relación con la demanda y el comercio exterior. Y desde comienzos del siglo VII, la metalurgia y orfebrería adquieren gran importancia como consecuencia de los cambios socioeconómicos tras la presencia e interacción de fenicios e indígenas en el mediodía peninsular.



Ss VIII-VII a.C. San Bartolomé de Almonte,


Huelva, Restos de Fundición


 Desde mediados del siglo VIII y durante todo el siglo VII a.C. se advierte una actividad considerable que requería una numerosa mano de obra especializada que poseía un conocimiento específico tecnológico. En primer lugar, y debido al volumen de explotación, la extracción de minerales requería de procedimientos más complejos, que en épocas precedentes, en cuanto a herramientas y los procesos de obtención de los minerales. Los centros metalúrgicos, no instalados necesariamente en las cercanías de las minas, poseían una mano de obra especializada en los procesos de fundición y fusión, y desde luego el control del fuego para alcanzar y mantener las temperaturas adecuadas. Obtenido el material, los orfebres procedían a la fabricación de objetos metálicos, elaborados seguramente en las ciudades, para uso interno y comercialización. Las técnicas de trabajo son variadas, dependiendo de los materiales utilizados y características y función de los objetos. En suma, encontramos una gran cantidad de objetos para diferentes usos, que requerían una mano de obra muy especializada, no advertida con tan gran intensidad en época prefenicia. Además del dominio de las técnicas para la construcción de los objetos, habría que añadir la habilidad artística en la ejecución de piezas de bulto redondo y en los temas iconográficos empleados en la decoración de muchos vasos de bronce.


 


Atendiendo al área de dispersión de los diversos objetos, funcionales o de prestigio, se advierte una fuerte demanda por parte de la nueva sociedad principesca y jerarquizada, surgida de las transformaciones sociales durante el siglo VII a.C., como consecuencia de la aplicación tecnológica en los sistemas de producción y el surgimiento del comercio planificado interior y exterior. Un gran número de objetos van dirigidos a las élites para su ostentación social, reflejados principalmente en los ajuares funerarios.


JOYERÍA Y ORFEBRERÍA


Los elementos de oro, como expresión de prestigio, son conocidos desde el Cobre y sobre todu durante el bronce final en la fase prefenicia. Los cambios que la orfebrería ofrece en la época orientalizante los sitentiza M. Almagro-Gorbea en los siguientes términos:



" El hecho más destacado es cómo las pesadas joyas de oro fundido decoradas a buril del bronce final se sustituyen por ligeras joyas de chapa de oro, que compensan su falta de peso con una elegante decoración en que las técnicas como el granulado, la filigrana y el repujado evidencian el influjo de la joyería fenicia".



Diversas piezas expuestas en la exposición


Argantonio Rey de los Tartessos


Por ejemplo, el conjunto de La Aliseda posee un peso total en oro de algo más de 1 kg, mientras que el tesoro de Villena pesa 9 kg, e incluso cualquier toque o brazalete del Bronce final supera en peso a este conjunto. Se establecieron talleres de artesanos en Gadir y su entorno, y probablemente en Huelva, desde donde se inició un comercio a través principalmente del río Guadalquivir. Los productos son anillos, brazaletes, pectorales, collares, pulseras, con elaboradas cuentas de collar, pendientes, arracadas, diademas, cinturones y broches, placas, pequeña estatuaria y otros elementos no identificados, hallados básicamente en contextos funerarios o no identificados, como es el caso del Tesoro de El Carambolo, relacionado con atuendo de un gran personaje o sacerdote.


Cabe hablar de una organización artesanal muy especializada que debía atender una gran demanda, con dedicación a tiempo completo. A finales del período orientalizante los orfebres y broncistas debieron trabajar con independencia, pudiéndose identificar distintos talleres, consecuencia del aumento de la producción, la diversidad de los productos, y la aprición de técnicas complejas de larga tradición mediterránea. Como manifestación de la diversidad de talleres, podrían constatarse los conjuntos de El Carambolo y la Aliseda.


Como expresión de otras técnicas orientales debe mencionarse la artesanía del marfil, para la confección de cajas, paletas cosméticas y peines, que se emplearon a menudo, como ajuar, en enterramientos tumulares tartésicos. El conjunto más importante de marfiles procede de los enterrramientos tumulares de Acebuchal, Alcantarilla, Santa Lucía, Bencarrón y Cruz del Negro, en la fachada occidental de los Alcores. M.E. Aubet, que los ha estudiado, señala que su fabricación tuvo lugar en talleres locales del Bajo Guadalquivir, cuyos artesanos emplearon técnicas fenicias para la ejecución de los motivos, como el barorrelieve y el calado, o indígenas en la myoría de los trabajos, la incisión, componiendo frisos monótonos y reiterativos de finalidad puramente ornamental. Los temas se inspiraron en modelos sirio-fenicios del primer milenio a.C., transmitidos a través de marfiles y en especial de las páters fenicias de los siglos VIII y VII a.C., que sirvieron de excelente vehículo de transmisión de temas e ideas orientales entre la población tartésica. Estos objetos, que constituyeron piezas prestigio, se han hallado en su mayoría en enterramientos de incineración.


Navegación e industria naval


La presencia fenicia en Occidente, la producción de metales, la intensificación agrícola, la pesca y el comercio de objetos de prestigio, propició y dio origen a un comercio organizado en el que la navegación ocupó un papel de extraordinaria importancia, hacia el Mediterráneo. Si las navegaciones se pueden atestiguar desde épocas anteriores, no fue hasta la presencia fenicia y la fase orientalizante cuando cabe hablar de una estructura comercial mediante la navegación, auspiciada en los primeros momentos por la ciudad-estado de Tiro, y desde comienzos del siglo VII a.C., desde Gadir y probablemente Huelva


ARMAMENTO TARTÉSICO


Estudiar las armas de los tartesios implica al menos cuatro cosas: primero, analizar el armamento del Bronce Final Precolonial, conocido sobre todo por el conjunto de losas de piedra grabadas que llamamos estelas del Suroeste por los famosos lotes de armas encontrados en la ría de Huelva, después, describir y comprender las modificaciones tecnológicas y tipos de armas traídas a la Península por los fenicios (en especial la extensión de la metalurgia del hierro), tercero, determinar si la presencia de comerciantes helenos supuso algún cambio militar significativo, por último definir en qué medida el armamento ibérico (que aparece como tal a principios del s. V. a.C.) recogió herencias de la panoplia tartéssica.



En torno al siglo VII a.C., un guerrero contempla dubitativo un tipo de casco griego importado. Sus armas y su estilo de lucha no están demasiado en consonancia con este tipo de arma defensiva que limita mucho la audición y la visión, y que es realmente útil sólo en el combate de la falange griega. Su escudo está hecho con disco de cuero secados sobre un molde; flexible y ligero, constituye una protección mejor de lo que pudiera parecer. La espada es de un tipo de hierro que imita prototipos de bronce, y no tuvo mucho éxito entre los tartesios. La pesada lanza tiene todavía punta de bronce


PANOPLIA ARISTOCRÁTICA


Las armas representadas en las estelas del Suroeste reflejan una panoplia aristocrática propia de guerreros de fines de la Edad de Bronce y, quizá, los momentos iniciales de contacto colonial. Incluye un armamento ofensivo basado en lanzas de larga punta, probablemente empuñadas y no arrojadizas, y espadas de bronce cuyo tipo es difícil de precisar, dado el esquematismo de las imágenes, pero compatibles con los tipos conocidos arqueológicamente; espadas tajantes de hoja pistiliforme en las estelas más antiguas, quizá también espadas de función más punzante del tipo de lengua de carpa similares a las halladas en el depósito de Huelva. A juzgar por las estelas y los hallazgos arqueológicos, el arco y las flechas eran empleados, posiblemente no sólo en la caza sino también en la guerra.


El armamento defensivo parece consistir en capacetes, posiblemente de cuero, quizá broncíneos, de los que el tipo más reconocible es el decorado con dos largos cuernos ondulados, tipo ya visto por el Mediterráneo desde siglos antes y que aparece representado en figurillas chipriotas y sardas. Junto a estos cascos, el elemento más característico es el escudo circular de mediano tamaño (quizá en torno a los 60 cm. De diámetro), hecho de una o varias capas de cuero de distinto diámetro encoladas entre sí y apretadas en húmedo contra un molde de piedra o madera para darles forma, y con una empuñadura simple central.


Las estelas no permite distinguir ningún tipo de protección corporal y los datos arqueológicos son mudos en este sentido, por lo que cabe pensar que si la hubo, debía tratarse de jubones o coletos de cuero o acolchados. Los carros de dos ruedas tirados por caballos que aparecen en muchas de estas estelas, de tipo Egeo, no pueden ser considerados en el contexto peninsular como vehículos de guerra, sino como símbolo del transporte del difunto al más allá.


Durante este período previo a los primeros asentamientos fenicios aparecen algunas armas metálicas de origen oriental, que no debieron ser ni muy numerosas ni significativas desde el punto de vista militar, aunque sí desde el del status, por ejemplo: los cascos metálicos chipriotas hallados en la ría de Huelva.


NUEVA TECNOLOGÍA


El contacto colonial supuso para Tartessos, desde el punto de vista de la tecnología armamentística, ante la introducción de la metalurgia del hierro. Los escasos datos arqueológicos disponibles indican que los artesanos trataron al principio de reproducir en hierro los tipos de espadas de hoja larga y estrecha propios del Bronce Final (tumbas de Cástulo y Niebla), aunque con escaso éxito: la temprana tecnología del hierro no debía permitir demasiadas alegrías con las láminas de hierro forjado y lo cierto es que, pese a algunos intentos durante el siglo VII a.C., estos tipos de espada desaparecieron. Cuando, siglos más tarde, vuelve a contarse con armas abundantes en los ajuares funerarios, la tradición propia del Bronce Final ha sido desplazada por otra muy diferente de espadas cortas y de ancha hoja típica del mundo ibérico de la Segunda Edad de Hierro.


Desde otro punto de vista, en el período Orientalizante Tartésico, las armas no son abundantes en el registro funerario, aunque tampoco están ausentes, hay alguna en la necrópolis onubense de la Joya, en el Palmarón de Niebla y en otros yacimientos; con todo, el tipo de ritual funerario no favorecía la deposición de armas en las tumbas, como si ocurriría mucho más tarde.


En la necrópolis de la Joya encontramos dos o tres cascos griegos, corintios, de buena calidad procedentes de la zona de Huelva-Cádiz y fechados en los siglos VII y VI a.C. Aunque suelen ser interpretados como ofrendas de navegantes griegos o dioses de las aguas, también cabe la posibilidad de que algunas de estas piezas fueran regaladas a jefes locales, junto con otros productos de lujo; lo cierto es, sin embargo, que este tipo de casco diseñado expresamente para la táctica de falange hoplita no debía ser adecuado para los tipos de combate aristocrático entre campeones que debieron predominar en el mundo tartésico, y lo cierto es que no se ha encontrado hasta ahora un solo ejemplar claro de armas defensivas griegas en tumbas orientalizantes.



Casco Corintio 625/500 a.c.


Huelva Bronce Fundido


Abunda extraordinariamente sin embargo en numerosos yacimientos andaluces, fenicios e indígenas, y ya desde el s. VIII a.C., un tipo de punta de flecha de bronce conocido como de arpón lateral que probablemente llegó a Iberia a través del mundo semita, y que indica una cierta importancia del combate a distancia, quizá por parte de tropas de menor status.



RELIGIÓN TARTÉSSICA


La religión es un elemento fundamental de la cultura. Muchas veces condicionaba la política, la economía y la sociedad. Otras muchas veces estaba condicionado por ellas. En lo que respecta a la religión tartésica, J.Alvar comenta afirma que debemos distintngiur claramente entre los objetos de fabricación fenicia y los de producción indígena, porque la presencia de los primeros puede conducir engañosamente a la conclusión autóctona, o la consideración de que los indígenas han adptado el sistema religioso foráneo.


No hay dificultad en admitir que desde los asentamientos fenicios de la costa o del interior, en el caso de la colonización agrícola, se propagase la religión fenicia, sus ritos y creencias a las poblaciones indígenas a través de las relaciones comerciales.


Santuarios de tipo fenicio en el área tarteso


De época tartésica se conocen varios santuarios: Cástulo, Carmona, El Carambolo, Despeñaperros.


Se cree que el santuario de Cástulo es de fenicios asentados en Cástulo en función de las minas. Los muros son iguales que los de los Toscanos, y los mosaicos de guijarros recuerdan a los de Gorgion, Tell Arslan Tash, ...


 



Otros santuarios de este tipo en Tarteso son los que G.Bonsor halló en las proximidades de Carmona, que muestran semejanzas estructurales con el de Cástulo.



 Excavaciones en Carmona


No se puede dudar que el ritual de estos santuarios nada tiene que ver con la religiosidad de los pueblos de la Edad del Bronce que fue tráido por los fenicios y que posiblemente fueron frecuentados además de por éstos, asentados en el interior o por mercaderes fenicios ambulantes, también por indígenas, como parece indicarlo la presencia de cerámicas a mano o Bruñida.


Los santuarios de Despeñaperros están enclavados en parajes muy abruptos junto a fuentes, donde se manifestaba especialmente lo sagrado. El ritual fundamental consistía en la ofrenda del exvoto. Es un ritual que se encuentra idéntico en Etruria, Roma y Grecia Arcaica. Los exvotos están fabricados con el procedimiento de la cera fundida, sistema traído por los fenicios o quizás por los griegos, con que está ya fundido el guerrero de Medina de las Torres (Badajoz). Estos santuarios debieron ser frecuentados a partir de finales del siglo VII a.C. El influjo fenicio y griego es claro en algunas figuras de bronce y en la presencia del ritual de ofrecer el exvoto, así como también en la concepción religiosa que expresa. Debían de ser frecuentados por los indígenas, aunque no hay que descartar que lo fueran por fenicios afincados en Cástulo, e incluso por sacerdotes del Heracleion gaditano.








 


 


 


 


Los exvotos de mejor calidad artística en los que se acusa mejor el influjo de los pueblos colonizadores, fenicios y púnicos, son los más antiguos. Con posterioridad se generalizaron los bronces de guerreros en traje y con armamento indígena.


DIOSAS


Se conocen varias imágenes de Astarté, la diosa de los cananeos, compañera de Baal (Jueces, 2.º3; 10,6; I Samuel 7.4; 12.10) y diosa de los sidonios.


 


 


El análisis de las decoraciones como elementos de un lenguaje simbólico codificado, llevan a ver en ellas un significado que exceden del puramente estético, la naturaleza religiosa de los grifos no ofrece discusión, aunque se escape el mensaje de la escena que quiere transmitir. En cuanto a las flores de loto, se encuentran con frecuencia representadas en objetos hallados en contextos religiosos, tanto culturales como funerarios, y al igual que las rosetas, se consideran en el mundo fenicio atributos de la diosa Astarté, divinidad astral, guía de los navegantes, dispensadora de la vida y protectora de la vida en el más allá


La imagen de la diosa de la fecundidad más antigua es la dama desnuda, sobre león, vista de frente, del cilindro-sello de Vélez-Málaga, del siglo XIV-XIII, obra importada del norte de Siria, que sigue el modelo de un relieve de Gudshu-Astarté-Anath, según reza la inscripción.


Encontramos varias imágenes repartidas de Astarté, como la de peinado hatórico procedente de Castulo, la representación en un relieve de Pozo Moro (Albacete), la Astarté de Galera hallada posiblemente en una tumba de un reyezuelo indígena. ..








 


 


De todos los hallazgos se puede opinar que estamos ante unos devotos de Astarté, y que existía una religiosidad colectiva,, los cultos fenicios se propagan como el cristianismo en el Bajo Imperio, en gran parte de arriba abajo. La masa de la población identificaba a Astarté con una diosa indígena de la fecundidad


DIOSES


Igualmente varias imágenes de dioses fenicios han llegado hasta nuestros días. Imágenes de Resheb o Hadad se conoven varias, aparecidas en Cádiz, Huelva y Sevilla y, seguramente, el Guerrero de Medina de las Torres pertenece al mismo grupo. Estas piezas son fenicias y fabricadas seguramente para el culto fenicio, las de Cádiz, Huelva y Sevilla.


La máscara del dios Bes, que los fenicios tomaron de los egipcios, está representada en los estuches del collar del Cortijo de Evora, usado probablemente por un indígena.


Baal Safon tenía un monte consagrado a él, pero se ignora si era visitado por los indígenas, sólo por los fenicios, o por ambas poblaciones a la vez. Probablemente lo fue sólo por los fenicios.








Imagen Dios egipcio Reshef, aparecido en excavaciones Sancti Petri, que podemos asimilar al Dios Melqart


 


 


Melkart contaba con una isla consagrada a él junto a Huelva; posiblemente era un recinto sagrado al aire libre, como todos estos cabos e islas sagradas. La de Huelva estaría en función del comercio de los propios fenicios con Huelva, y quizás sería una prueba de la importancia del Heracleion gaditano en el comercio con los indígenas que funcionaba como un verdadero Karum según J. Alvart. Melkart estaba representado en el anillo giratorio importado de la Aliseda, pero su culto fuera de este testimonio es muy difícil de rastrear entre los tartesios


RITUALES FUNERARIOS


En los rituales funerarios es fácil rastrear el fenómeno de aculturación religiosa. En los túmulos de la región de Carmona hemos creído ver influjo de los túmulos chipriotas, que responden a prototipos de Siria. Estos túmulos, por lo menos algunos de ellos podrían ser fenicios, si se acepta la más que probable colonización agrícola del valle del Guadalquivir.


La necrópolis de la Joya y de Medellín son las dos necrópolis donde mejor se pueden estudiar los fenómenos de aculturación de los rituales funerarios de los indígenas, pues ambas necrópolis son de nativos. En la necrópolis de Medellín, las cenizas estaban depositadas en urnas o en hoyos, en busta, o en lugares de cremación, con o sin túmulo, o en silicernia, o depósitos de objetos u ofrendas asociadas al fuego, de carácter, muy probablemente ritual, realizadas sobre o en torno a la sepultura.








Thymateria de la T. 17 de la necrópolis de "La Joya" (Huelva)


 


 


El tipo de enterramiento más sencillo es la urna depositada dentro de un hoyo, los huesos se cribaban, pues la urna no contiene cenizas, y limpias ya se depositaban en la urna, que se tapaba generalmente con un plato, como hizo Aquiles con las cenizas de su amigo. El hoyo se rellenaba con cenizas o carbones primero, y después con tierra. El bustum o los luculi eran los lugares donde se quemaban los cadáveres. Los silicernia o depósitos de ofrendas son conjuntos de objetos que aparecen depositados en la necrópolis, sin formar parte de ningún ajuar funerario.


También se han documentado la presencia de crisoles o de escorias, que aparecen también en las tumbas de Huelva, que parece ser un aspecto local del ritual en pueblos en los que la metalurgia desempeña un papel importante.


Por todo lo expuesto se puede ser de la opinión que la aculturación fue grande en lo religioso, pero se escapa en los aspectos sociales, económicos y políticos. También hay que tener presente que cuando esta aculturación religiosa se detecta, los fenicios llevaban comerciando un siglo y medio o dos en Occidente. La aculturación religiosa debe empezar por los reyezuelos, que comerciaban con los fenicios a los que los comerciantes regalarían las preciosidades citadas por Homero, que serían telas pintadas, bordadas o damasquinadas, joyas, perfumes, etc...


Tarteso nunca fue cuna de alta cultura, comercio de escultura, ni turdetanos, oretanos e iberos sobrepasaron el estadio de la Grecia Arcaica.



REGISTRO ARQUEOLÓGICO


Aunque podemos encontrar restos arqueológicos de la presencia Tartesica, en estas páginas analizaremos el registro arqueológico del Santuario de Cancho Roano, ya que es un yacimiento donde podemos encontrar tanto restos de construcción y restos materiales que nos atestiguan tanto el comercio, como la cerámica, y el trabajo de metal. A continuación analizaremos por su extraordinario valor el Tesoro de Carambolo


EL SANTUARIO DE CANCHO ROANO


 



Reconstrucción panorámica de Cancho Roano


 


ESTRUCTURA


El complejo arquitectónico oreintado al sol naciente, se levantó en una pequeña vaguada junto al arroyo Cagancha, en el término municipal de Zalamea de la Serena (Badajoz). Su origen se remota a los inicios del período orientalizante, cuando sobre una cabaña ovalada se erigió el primer edificio. Sobre este primer monumento se construyó un segundo, del que conocemos su planta, en la que se han documentado hasta tres altares de adobe, dos de ellos en forma de piel de bóvido. Por último, a mediados del siglo V a.C., se decidió clausurar este segundo santuario para edificar el ahora visible.


Se construyó con un sólido basamento de piedras y alzados de adobe, y fue enlucido por el exterior con arcilla roja, como los suelos de las habitaciones, mientras que el interior fue totalmente encalado. Para realzar aún más el cuerpo principal del santuario, se construyó una terraza de piedra de gran tamaño, también encalada, que lo rodea por completo. Al cuerpo principal se accede por un patio cuadrado, con un pozo en el centro ,que aún hoy mantiene su nivel de agoa. La entrada al edificio se realiza mediante una escalera de piedra construida en la esquina septentrional del patio, que conduce a una estancia que, a su vez , comunica con un gran ambiente transversal, que cruza todo el edificio y sirve de distribuidor a los especios del fondo. Se disponen en tres cuerpos indpeendientes en la zona meridional, almacenes en los que se hallaron ánforas y orzas que contuvieron cereales, aceite, vino, miel y otros productos alimienticios, así como una cantidad de objetos de bronce -´calderos, recipientes rituales, jarros, arreos de caballo, etcétera-; la septenctriional consta de una habitación alargada, en cuyo fondo había un telar, a la que se abren tres pequeñas estancias en las que se halló gran parte de los materiales de importación que caracterizan al yacimiento: alabastrones, copas griegas, cuentas de pasta vítrea púnica, escarabeos egipcios, marfiles, sellos de lidita, cuentas de ámbar y cornalina y buena parte de las joyas de oro del santuario. En el eje central del edificio se erigió la hbitación principal, verdadero lugar sacro del complejo, en cuyo centro se levantó un gran pilar rectangular que haría las veces de altar. Tal vez lo más sobresaliente de este espacio principal es que el pilar se alza sobre los respectivos altares de los dos edificios anteriores. Por último, el monumento está rematado, a modo de torres, por dos habitaciones: la de la entrada, donde se construyó una escalera para acceder a la terraza y la planta superior hoy perdida, y la suroriental, tal vez lugar de residencia.


Rodea el edificio una serie de estancia perimetrales, seis por cada lado, donde se depositaron ajuares a modo de ofrendas. Todo el complejo munumental está rodeado por un foso excavado en la roca, que en algunos puntos busca los niveles freáticos para mantener siempre una lámina de agua que ensalce la construcción. En la zona oriental, por donde se llega al santuario, se construyó una pequeña muralla con dos torres poligonales en el centro que flanquean la única entrada posible a la construcción.


El edificio fue intencionadamente incendiado, destruido y posteriormente sellado con tierra antes de ser abandonado, echándose en falta tan sólo los elementos sacros, seguramente recuperados par mantenter el culto en otro lugar. El continuo cruce del agua de arroyo Cagancha, aún en épocas de fuerte sequía, así como la construcción de pozos en el interior avalan el papel primordial que debió jugar el agua tanto par la construcción como para el culto en el lugar.


 


HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES.


 


Con motivo del Festival Internacional de Teatro de Mérida de 1978, la Subdirección General de Arqueología, dirigida por el profesor Maluquer, recibió el encargo de organizar una exposición sobre la Prehistoria y la Protohistoria de Extremadura. En el transcurso de estos acontecimientos se informó de la destrucción a la que estaba siendo sometido el yacimiento. En octubre el profesor Maluquer, acompañado por varios técnicos de la subdirección General de Arqueología visitaron el yacimiento y decidieron inmediatamente la excavación, responsabilizándose de los estudios el Instituto de Arqueología y Prehistoria de la Universidad de Barcelona.


Sin embargo, la historia del yacimiento comienza veinte años atrás, cuando se parcela la finca de Cancho Roano, y se vende entre los vecinos. Una de las divisiones pasaba por un montículo denominado la Turruca, coronado por grandes encinas. El deseo de uno de los dueños D. Jeromo Bueno de convertir esa tierra en una fértil huerta, le hizo actuar con una pala excavadora, donde quedaron al descubierto grandes restos arqueológicos. La noticia de los descubrimientos no paso desapercibida, y a mediados de los setenta D. Pedro Dávila, gran valedor del yacimiento, puso en conocimiento de D. José Antonio Hidalgo, maestro de Quintana de la Serena los hallazgos, pueblo donde se expusieron las primeras piezas.



El primer objetivo de la intervención arqueológica era conocer el significado de la construcción de adobe, en primer lugar se consideró una gran pira funeraria, pero la altura de las paredes y la falta de huesos y ajuares fúnebres desechaba esa ídea, por lo que se empezó a cavar una gran trinchera de 24 metros con una anchura de dos metros para su investigación.


Una vez excavada la trinchera se pudieron llegar a varias conclusiones:





  • La primera que se trataba de un gran edificio compuestos por paredes de adobe y piedra




  • La segunda que la altura del edificio era casi de cuatro metros, y que además bajo el nivel constructivo aparecían restos más antiguos de otro edificio




  • En tercer lugar que los muros dividían habitaciones, con lo que se podían realizar excavaciones de habitaciones individualizadas




  • En último lugar que el edificio había sufrido un gran incendio, atestiguado por los restos de cenizas y ramas.


 


A partir de los 80 las excavaciones se centraron en cada una de las habitaciones individualizadas, que se habían detectado en el sector septentrional, el mejor conservado.


 


El año 1988 marcó un punto de inflexión en el Cancho Roano. La campaña había comenzado con escasos recursos económicos y la ausencia del profesor Maluquer, sin embargo la apertura de nuevas zonas de excavación dieron resultados espectaculares, con nuevas construcciones y ricos materiales. Atraído por las noticias de la prensa se interesó por el yacimiento un empresario badajocense, Bartolomé Gil Santacruz, que una vez visitado el expediente proporcionó los medios económicos necesarios para seguir las investigaciones. Lo más importante de esta aportación económica que provocó la reacción de la administración que aportó los fondos necesarios para los trabajos de excavación


Foto hallazgo en N-6


La última fase de los hallazgos comenzó en 1995, único año en el que no se intervino en Cancho Roano, pero en el que se decidió desde la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, un plan de intervención, este plan fue aprobado en 1996, siendo el documento base sobre el que se han llevado las negociaciones con otras administraciones.


 



PRINCIPALES RESTOS ARQUEOLÓGICOS ENCONTRADOS EN CANCHO ROANO


Los objetos hallados se distribuyeron en un plano del edificio para visualizar la funcionalidad de cada zona del edificio, pues los objetos hallados tendían a agruparse, por sus características, en determinadas zonas, cuyas funciones quedaban, en consecuencia, documentadas:




A) Zona de habitación: compartimentos H-4 a 6, situados en el ángulo NW del edificio. En ellos apareció la gran mayoría de objetos de tocador y joyas y de restos de muebles suntuarios (a,b,c) y, también, de los elementos de banquete (d), especialmente en la cámara 5, donde se concentraban los hallazgos de vasos griegos, kylikes y Cástulo-cups, así como 3 ánforas, tal vez interpretables como de vino para acompañar los banquetes. Igualmente en las cámaras H-4 y 5 apareció un conjunto significativo de elementos de control económico (f), como ponderales y un platillo de balanza. Por último, cabe destacar en este compartimento 5 la existencia de un telar (h) evidenciado por un conjunto de 30 pesas situado junto a la puerta más externa. La habitación 3, que constituye el acceso a las anteriores, ofrecía escasos hallazgos, destacando otro telar (h).


B) Zona de almacenes: compartimentos H-8 a 10, que ocupan la zona suroccidental del edificio. El H-8 ofrecía vasos y asadores metálicos (d), el mayor conjunto de piezas de atalaje (e) y cuatro ponderales (f), pero es significativa la ausencia de elementos suntuarios, que caracterizaban las habitaciones de la zona NW, así como de instrumentos y ánforas, que aparecen en los departamentos contiguos H-9 y 10.


Los departamentos H-9 y 10 se caracterizan por la presencia de numerosas ánforas (g). En el departamento H-9 aparecieron un mínimo de 16, cuyo contenido se ignora, aunque Maluquer supuso que fueran de vino, tal vez por no aparecer restos de elementos sólidos. Otras 6 anforas, con habas y trigo, estaban depositadas en el 10. En éste también se recogió un crisol (h), algún resto de vasos metálicos y de cerámica en pequeño número, pero no apareció ningún otro tipo de ajuar.


C) Zona de santuario: el compartimento H-7, situado en el centro del edificio, apareció totalmente vacío de hallazgos, lo parece extraño, pero pudiera explicarse bien por las circunstancias de abandono final del edificio o por haberse colmatado en su fase final.


D) Zonas de función imprecisa: El departamento H-11, en el ala SE del edificio, estaba enlosado. En él apareció un conjunto de cuentas de collar de piedras semipreciosas, un sello y también algún resto de muebles suntuarios; la riqueza de estos materiales y el enlosado del suelo permitiría pensar en una función especial, tal vez como tesaurus o depósito de objetos preciosos del edificio, aunque no se pueda excluir que la aparición de tales hallazgos se deba a circunstancias fortuitas o a que pudieran haber caido del piso superior. Pero, además, su ubicación frente a la zona de almacenes tampoco excluye un posible uso como tablinum o archivo, por lo que la interpretación funcional de este ambiente queda, por ello, más incierta.


El departamento H-2 servía de distribuidor del edificio. Aunque los hallazgos eran escasos y poco significativos, apareció un hogar en la mitad norte y, junto a él, un ánfora con restos de trigo y bajo ella un atizador y un asador metálicos, por lo que esa zona debió utilizarse como hogar y cocina, mientras que un interesante conjunto de piezas estaba situado junto al muro Norte, formado por cerámica local y dos Cástulo-cups. En este departamento también aparecieron parte de los 32 molinos de mano recogidos en el edificio, lo que se debe relacionar con los almacenes de alimentos en la zona SW del edificio y con el ánfora con trigo hallada junto al hogar, indicando funciones de cocina o preparación de la comida para los habitantes del edificio, sin excluir que los molinos indiquen la posibilidad de control de las tareas de molienda.


Por otra parte, en el vano entre el departamento H-2 y el H-1 apareció una panoplia completa de guerrero, formada por un puñal con su vaina, un cuchillo, dos puntas de lanza con sus regatones, un pilum y elementos de un escudo. Su proximidad al acceso principal permitiría suponer que se tratase del armamento de la guardia del edificio, pero parece más lógico que estas armas constituyeran la panoplia del señor del mismo, depositadas en lugar visible a la entrada como elemento simbólico y de representación del estatus guerrero de su propietario.


El departamento H-1, situado en el ala NE., que constituía el vestíbulo de acceso, con la escalera para subir a la planta superior, ofreció materiales revueltos, como piezas suntuarias, como cuentas de oro, un sello, etc., y un tesorillo constituido por un cuenco de plata y 2 arracadas amorcilladas de oro ocultas dentro de una vasija de cerámica local bajo el suelo entre la escalera y la puerta de acceso a la habitación 2. Pero también aparecieron seis ánforas conteniendo restos de piñones y almendras que, verosímilmente, se encontraban en ese lugar antes de ser introducidas en los almacenes del edificio, bien en la zona SW o bien en la planta alta, cuyo uso y estructura es prácticamente desconocida, aunque quizás fuera utilizada, en parte, como "cámara" o almacén, lo que deja abierta la posibilidad de que estas ánforas procedieran, realmente, del piso superior donde estarían almacenadas y desde donde habrían caido al derrumbarse la parte alta.


Por último, en el patio oriental H-12, en la zona próxima a la habitación 1, aparecen más materiales similares y con la misma distribución dispersa: elementos suntuarios, como tres sellos, cuentas de oro y fragmentos de un aryballos y elementos de banquete y de control económico, junto con 16 ánforas, alguna de las cuales contenían piñones y almendras. Estos objetos pudieran haberse perdido en un abandono precipitado o en un saqueo del edificio, pero parece más lógico que estuvieran en el piso superior y que hubieran caido al patio al derrumbarse la planta alta, idea avalada por haber aparecido a más de 150 cm. de altura sobre el suelo. También en el banco corrido situado al Norte de dicho patio se recogieron varios molinos de mano y, en el lado Sur, apareció otra concentración de objetos: 3 asadores, 1 pilum, 2 lanzas, 1 cuchillo, 1 sierra, 2 hoces, 3 cinceles, 3 argollas y 1 platillo de balanza. Además de las argollas señaladas, otras dos aparecieron clavadas en la pared, una en la zona norte, otra en el rincón suroeste. Finalmente, carecen de localización precisa otros objetos de bronce, como un pié de un mueble, un asa de brasero y algunos ponderales, tal vez por haber caido desde la planta superior, así como más de 1000 fusayolas cuyo lugar de hallazgo no recoge Maluquer.


A continuación se muestra algunos de los restos hallados:


 


ÁNFORAS



En el grupo de las cerámicas, cabe destacar las ánforas, son de las que se han encontrado más restos, se han podido encontrar más de un centenar de ejemplares.. Pertenecen a un resto de ánforas púnicas del siglo VI a.n.e. presentes en todo el sur Peninsular, seguramente se elaboraron en esta zona, copiadas de las foráneas, de ahí sus ligeras modificaciones.


CERÁMICA GRIEGA O ÁTICA



Esta cerámica ha sido fundamental por ser el elemento más característico para datar el yacimiento, hoy claramente situado hacia el 425 a.n.e. Buena parte de esta cerámica ha aparecido fragmentada. No obstante se han podido recuperar más de 200 restos


El modelo de vaso más común se corresponde con las copas normalmente denominadas con el término griego de kilyx, no obstante hoy se conocen con el término latino de cálices


 


BRONCES



 


Son los elementos metálicos más numerosos, aportando una valiosa información sobre los rituales y funciones del santuario. Aunque se hallaron también dispersos por todos los espacios del yacimiento, hay que destacar la concentración en el edificio principal. Tal vez los elementos más importantes son las camas laterales de los bocados, representadas por dos tipos de placas, en el primero las cabezas son planas rematadas por cabezas de caballo, en el segundo son mucho más elaboradas



 


El bronce más conocido es esta representación de caballo hallado en la habitación 0-1. De 22 cm de altura está fundido en dos piezas y ricamente enjaezado. En origen hoy descansaría sobre una placa hoy perdida, ya que se aprecian remaches tanto en la grupa como en los laterales para fijar al supuesto jinete


OBJETOS DE PRESTIGIO Y ADORNO PERSONAL


Son numerosas las piezas, las cuentas de collar de diferentes piedras preciosas: cornalina, pasta vítrea, coral, ámbar, etc…, y además hay colgantes de pizarra y lidita. También los objetos de pasta vitrea están bien representados en el yacimiento, sobre todo las cuentas de material con decoración de ojos y una agallonada halladas dispersas por el santuario.



También encontramos pendientes , ya desde antiguo habían aparecido, realizados en oro se han recuperado cinco pendientes de oro huecos depositados en una vasija en el interior del piso de H-1, como ofrenda de fundación del edificio.



 


El Tesoro de El Carambolo





La meseta del Aljarafe que limita al poniente el valle inferior del Guadalquivir, presenta sobre la vega de Triana un conjunto de pequeñas elevaciones, también llamadas carambolos, que son el resultado de los bordes mas escarpados de la meseta. Entre dos de estos cerros, el de San Juan de Aznalfarache y el de Santa Brígida, se encuentra situado El Carambolo por antonomasia, a tres kilómetros de Sevilla, dominando el barrio de La Pañoleta, donde se dividen las carreteras a Huelva y a Mérida. Su altitud es de 91 m. sobre el nivel del mar y 60 m. sobre la vega de Triana. Este es precisamente, el enclave de un fastuoso tesoro tartésico e importantes restos de cerámica.



El día 30 de septiembre de 1958, en los terrenos de la Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, y en el curso de una ampliación para el torneo internacional que tuvo lugar el siguiente año, la azada del joven trabajador Alonso Hinojos del Pino descubrío un objeto metálico que había de ser el primero de los brazaletes de oro de 24 quilates.
El hallazgo se daba, una vez más, por causualidad: el arquitecto Medina Benjumea, momentos antes de marchar al aeropuerto había mandado excavar 15 centímetros más en la terraza trapezoidal que se preparaba con objeto de que las ventanas no quedasen tan a ras del suelo. Sin tal resolución, la terraza se hubiera pavimentado con losas de cemento, y el tesoro y todo lo demás hubiera quedado oculto para siempre. Los obreros que encontraron el brazalete siguieron excavando un poco más abajo, ya que a éste le faltaba un rosetón


 


Por fin encontraron un lebrillo con los bordes curvados, que contenía el resto del magnífico tesoro. En un principio pensaron que serían imitaciones de cobre de joyas antiguas, y las repartieron entre ellos -incluso uno de ellos, para demostrar que eran de cobre y no de oro, partió uno de los pectorales, que de ser por eso se encontraría, como el resto de las joyas, en perfectas condiciones. Finalmente resolvieron entregar las piezas.


El 2 de octubre siguiente, y gracias a la magnífica gestión de los responsables del Tiro de Pichón, entra en escena el ilustre arqueólogo y catedrático don Juan de Mata Carriazo y Arroquia, a quien tanto se debe en el terreno de las investigaciones tartésicas. Tras el minucioso examen pertinente, el profesor Carriazo y Arroquia, ofrece la siguiente descripción:



"El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservaci6n satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo. Este conjunto se descompone así:





  1. Un collar, con un peso total de 260 gramos, con dos ramas de cadenas cada una de 30 centímetros de longitud, terminadas en una anilla y un travesaño; un pasador fusiforme, de 5 centímetros de longitud; 16 pequeñas cadenitas, de unos 4 centímetros; 7 colgantes con aspecto de sello signatario. Falta un octavo colgante


b) Los otros siete forman por su decoración tres grupos de 4, 2 y 1 piezas. La decoración consiste en unos filetes soldados sobre el presunto chatón, su cápsula y la placa que lleva casi todo el espacio oblongo del anillo; dibujando zonas de triángulos o de dobles arcos en las plazas encabalgados, o de discos con un botón central. Estos filetes se diría destinados a limitar zonas de color como las de un esmalte tabicado; pero sólo en dos espacios de la placa de tipo único aparecen vestigios de color azul que son la única nota de policromía. El pasador fusiforme lleva dentro un cilindro, sobre el que puede correr, en el que se insertan por un lado los dos ramales de la cadena principal, y por el otro las 16 pequeñas cadenitas. En las cápsulas de los chatones hay zonas de fino granulado


b) Dos brazaletes cilíndricos de unos 10 centímetros de altura por 12 de diámetro, con un peso de 550 y 525 gramos respectivamente. Están formados por dos planchas cilíndricas, separadas entre sí unos 5 centímetros y unidas por sus extremos mediante un remache muy limpio



Toda la superficie exterior está decorada con cinco filas de semiesferas soldadas sobre aros relevados alternando con cuatro filas de rosetas en sus cápsulas, soldadas a otros anillos rehundidos. Separando estas filas de semiesferas y rosetas, hay unos filetes con pequeñas púas agudas, igualmente soldados en sus partes rehundidas del cilindro exterior.


c) Dos pectorales, en forma de "galápagos" o antiguos lingotes de metal, con peso de 245 y 200 gramos, el mayor con 19 centímetros de medida diagonal. Este lleva una decoración del mismo tipo que la de los brazaletes: semiesferas, rosetas encapsuladas y filetes con pinchos. El menor con una decoración semejante a la de los colgantes del collar, a base de pequeños filetes, que dibujan arcos encabalgados.


d) Ocho placas de 9 por 5 centímetros, construidas de forma semejante, con dos láminas de metal algo separadas y unidas por remaches, la una casi lisa, apenas con unas lineas resaltadas en el sentido de la dimensión menor, la otra. Las ocho placas tienen un peso de 380 gramos.


e) Cuatro placas de aspecto general semejante, algo mayores, de 11 por 6 centímetros, con un peso total de 453 gramos. La decoración es identica a la de los brazaletes.


f) Otras cuatro placas, semejantes a las anteriores, de 11 por 4,5 centímetros y 320 gramos de peso total."

La cronología de este tesoro puede ser fijada, en sus límites más amplios, entre los siglos VIII y III antes de Cristo. "Un tesoro digno de Argantonio" como afirma don Juan de Mata Carriazo, quién además confiesa que, pese a su filiación tartésica, no cree que indique el lugar donde estaba enclavada la mítica ciudad de Tartesos.
Es posible que este fastuoso tesoro fuese potado por una sola persona con seguridad un hombre: el collar en el centro del pecho, a los lados los dos pectorales, los dos brazaletes en los brazos, y las dos series de paclas montadas, la una sobre el cinturón, la otra sobre una corona.


ÚLTIMAS NOTICIAS

 

1. Un estudio arqueológico certifica el origen fenicio del Carambolo

20/02/06  Informativos CanalSur

 

Contrariamente a lo que se pensó desde el descubrimiento de las piezas del Tesoro del Carambolo, su origen no es tartésico sino fenicio.

 Según publica hoy el El Correo de Andalucía, las investigaciones que dirige el arqueólogo Álvaro Fernández Flores han determinado la  auténtica identidad de los restos aparecidos 

en el municipio sevillano de Camas.

Fernández Flores argumenta que los anteriores estudios no utilizaron la estratigrafía y se actuó sobre una mínima parte del cerro lo que generó datos insuficientes.

Este arqueólogo señala que el ajuar cerámico, como desveló anteriormente Fernando Amores, está hecho a torno, y la población indígena llamada así misma turta, no había alcanzado este estadio

 creativo. "Son los fenicios TIRIOS  los que traen el torno cerámico y el hierro acero ", puntualiza.

 Asimismo, Fernández Flores dice que lo que en un principio se confundió con un fondo de cabaña no es otra cosa que una fosa ritual. Incluso se ha hallado con los nuevos sondeos un exvoto en 

terracota con forma de barco que alude al marcado carácter navegante de los constructores del santuario.


Los trabajos que un equipo de arqueólogos ha realizado en los últimos tres años sobre el yacimiento de El Carambolo, ubicado en la localidad sevillana de Camas, ha puesto de manifiesto que el célebre asentamiento

 --en el que fue descubierto el tesoro bautizado con el mismo nombre--  tiene un origen fenicio y no tartéssico, como hasta ahora se creía.

 La arqueóloga Araceli Rodríguez, que participa en el equipo técnico y científico que dirige Alvaro Fernández Flores, explicó que en los últimos tres años el yacimiento de El Carambolo ha sido objeto 

de una intensa campaña de estudios que ha llevado a "nuevas revelaciones" que desmontan la tesis de que el yacimiento perteneció a la civilización tartéssica, poco conocida por la historiografía pero 

localizada en el ámbito de Andalucía occidental.

 Los últimos datos obtenidos por el equipo de arqueólogos apuntan a un  origen fenicio de los restos hallados en el yacimiento, aunque según admitió Araceli Rodríguez "nunca se puede afirmar con un 

cien por cien de seguridad".

 La arqueóloga detalló que el ajuar cerámico descubierto en este yacimiento fue elaborado mediante la técnica del torno en una época en la que la población aborigen desconocía este tipo de técnicas, 

que fueron introducidas en la península Ibérica por los fenicios, argumento que el equipo de arqueólogos esgrime para defender el origen fenicio del yacimiento.


"Todo apunta a que se trata de un asentamiento fenicio", señaló para advertir de que este descubrimiento ha de dar lugar a un proceso de "revisión" de las tesis que la Historia maneja en cuanto a la cultura 

tartéssica y al origen del poblado de El Carambolo.

 El grueso de las excavaciones realizadas en este yacimiento arqueológico se realizaron en 1958 de la mano del arqueólogo Juan de Mata Carriazo a raíz de las obras proyectadas para la ampliación de

 la sede de la Sociedad de Tiro Pichón. Junto con los restos arquitectónicos, se descubrió un ajuar de 21 piezas de oro de 24 kilates bautizado como Tesoro del Carambolo.

 









2. El Tesoro del Carambolo deja de ser tartésico


A.M.Canto 04/03/2006 14:37:43
Sección: Artículos generales
Información publicada
por: A.M.Canto


Fuente:http://www.celtiberia.net


 



Preámbulo

En este artículo se presentan en primer lugar dos noticias sobre los primeros resultados oficiales de las recientes excavaciones en este emblemático yacimiento sevillano, verdadero "buque-insignia" de una civilización "tartésica" que tras ello se nos aparece como menos conocida de lo que se cree. En una segunda parte se hacen algunas necesarias y justas referencias retrospectivas a los precursores, desde 1979, de las hipótesis que ahora se han venido a comprobar. En la tercera se recoge en orden cronológico alguna bibliografía básica, tanto sobre el yacimiento y su contexto como sobre la significativa estatuilla de Astarté y su inscripción fenicia que desde el primer momento quedó asociada al lugar sin que, extrañamente, tuviera la fuerza esperable como para caracterizar cultural y funcionalmente el yacimiento. En mi opinión quizá ello tuviera algo que ver con el momento histórico del hallazgo: "lo tartésico", como "lo ibérico" (encarnado poco años antes en la Dama de Elche), gustaban más como muestras de lo genuinamente "nacional".

El Cerro de El Carambolo, sede cuando el hallazgo de 1958 de la Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla (y en breve, si Dios o la Junta de Andalucía no lo remedian, de un nuevo hotel de lujo), se halla en el término de Camas, a cuatro escasos kilómetros al S-SO de Sevilla, en una privilegiadísima elevación de 91 m que domina el valle del Guadalquivir y la muy portuaria capital hispalense, antaño plenamente oceánica.

Tras las nuevas excavaciones, y como ya se apuntó hace unos años por algunos autores (vid. la parte II, la noticia de 2002, y la bibliografía), lo que había allí sería simplemente -pero nada menos- un santuario fenicio a una de las máximas divinidades semitas, Astarté. Es algo que ya permitía sospechar la dedicatoria en fenicio al pie de la famosa estatuilla de bronce de esta diosa, una pieza asociada al Carambolo aunque no procedente de la excavación regular. Puesto que una de las grandes utilidades del material epigráfico es -o debería ser- ayudar a contextualizar cultural y/o cronológicamente un yacimiento.

Los "tartesiólogos" tienen ahora una nueva tarea por delante: Cómo encajar -o no- estos resultados, y cómo evitar que la ola fenicizante se lleve por delante otros tesoros y yacimientos casi o igual de emblemáticos de "lo tartésico". Puede que resulte que mucho de lo que se viene entendiendo y explicando como "tartésico orientalizante" sea directamente "oriental". Aunque, como siempre, la prudencia debe imponerse en estos primeros momentos, y hay que esperar a conocer la publicación oficial de estas campañas y con ella las pruebas y documentos con el necesario detalle.

De los arqueólogos responsables de los nuevos hallazgos esperamos que, más allá del entusiasmo descubridor que muestran las noticias periodísticas, sepan en su momento reconocer las precedencias que correspondan a cada hipótesis, ya que las noticias de 2002 dejan ver que cuando ellos mismos empezaron lo que querían era "definir mejor la evolución de la cultura tartésica entre los siglos VII y VI a.C.".


VISIÓN CRÍTICA


La principal duda que puede surgir respecto al mundo Tartéssico era hasta que punto se puede considerar la cultura orientalizante u oriental. Pasaremos a analizar a continuación diversos aspectos que nos pueden plantear dudas sobre esto.


Uno de los hechos que nos plantea esta duda es la descripción de cómo tiene que ser un templo que encontramos en Ezequiel 45:


Ezequiel 45


1.Cuando os repartáis por sorteo esta tierra en heredad, reservaréis como ofrenda para Yahveh un recinto sagrado de la tierra, de una longitud de veinticinco mil codos por una anchura de veinte mil. Será sagrado en toda su extensión.


2. De aquí se tomará para el santuario un cuadrado de quinientos codos por quinientos, alrededor del cual habrá un margen de cincuenta codos.


3. También de su área medirás una longitud de veinticinco mil codos por una anchura de diez mil: aquí estará el santuario, el Santo de los Santos.


4. Será el recinto sagrado de la tierra, destinado a los sacerdotes, que ejercen el ministerio del santuario y que se acercan a Yahveh para servirle. Para ellos será este lugar, para que construyan sus casas y como lugar sagrado para el santuario.


5. Un terreno de veinticinco mil codos de largo por diez mil de ancho será reservado a los levitas, servidores de la Casa, en propiedad, con ciudades para vivir.


6. Y como propiedad de la ciudad fijaréis un terreno de cinco mil codos de ancho por veinticinco mil de largo, junto a la parte reservada del santuario: esto será para toda la casa de Israel.


7. Al príncipe le tocará, a ambos lados del recinto de la parte reservada para el santuario y de la propiedad de la ciudad, a lo largo de la parte reservada para el santuario y de la propiedad de la ciudad, por el lado occidental hacia occidente, y por el oriental hacia oriente, una longitud igual a cada una de las partes, desde la frontera occidental hasta la frontera oriental


8. de la tierra. Esto será su propiedad en Israel. Así mis príncipes no oprimirán más a mi pueblo: dejarán la tierra a la casa de Israel, a sus tribus.


Como se puede ver esta descripción coincide con la descripción del templo de Cancho Roano, surgiendo la pregunta de cómo es posible que una descripción de un templo de Israel se pueda encontrar en Extremadura:


 



Reconstrucción aérea de Cancho Roano


 


También encontramos referencia a la construcción de un templo en Ezequiel 47:


1. Me llevó a la entrada de la Casa, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar.
2. Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho.
3. El hombre salió hacia oriente con la cuerda que tenía en la mano, midió mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta los tobillos.
4. Midió otros mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta las rodillas. Midió mil más y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta la cintura.
5. Midió otros mil: era ya un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido hasta hacerse un agua de pasar a nado, un torrente que no se podía atravesar.
6. Entonces me dijo: «¿Has visto, hijo de hombre?» Me condujo, y luego me hizo volver a la orilla del torrente.
7. Y a volver vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles, a ambos lados.
8. Me dijo: «Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Arabá, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada.
9. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente.
10. A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos.
11. Pero sus marismas y sus lagunas no serán saneadas, serán abandonadas a la sal.
12. A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina.»


José Luis Escacena en su libro "La arqueología protohistórica del sur de la Península Ibérica", nos plantea nuevas dudas sobre la visión actual de Los Tartessos que toma a Huelva como capital del mundo Tartéssico.

En primer lugar analizamos los lingotes, tanto aparecidos en Cancho Roano (templo tartéssico) , como aparecidos en Coria del Río (templo fenicio), lo que nos indica más similitudes que diferencias, y nos puede llevar a la duda de si la cultura tartéssica era orientalizante o simplemente oriental (fenicia):


Por su forma, los altares de Cancho Roano y otras estructuras con la misma silueta han sido relacionados con los lingotes de bronce chipriotas. Asumido este paralelismo como explicación para su origen formal, el paso siguiente ha sido aceptar que su simbolismo debería hacer alusión al poder económico y político, ya que los lingotes de bronce de ese tipo alcanzaron realmente en gran parte del Mediterráneo dicho significado. En consecuencia en muchos otros sitios donde se detectó ese signo, fuera en orfebrería (pectorales del tesoro del Carambolo) o formando parte de estructuras funerarias por ejemplo (Pozo Moro), se insistió más en esa parte económica que en otras cuestiones alegóricas de índole religiosa.


El reciente hallazgo de uno de estos altares de barro en Coria del Río (Sevilla) ha ocasionado, gracias al análisis de sus peculiares características, la apertura de una nueva línea de interpretación de su génesis. En síntesis, esta otra perspectiva los reconoce como una imitación rigurosa y detallada hasta en sus más extremos pormenores de pieles de toros, y por tanto los vincula en su origen a cultos relacionados con este animal y con los dioses que con él se identificaron en calidad de divinidades omnipotentes. Altares y lingotes mostrarían una relación genética directa de estas pieles, sin que deban nada en su origen unos a otros. Los argumentos de esta nueva lectura son los que siguen.


Al fabricar el altar de Coria se levantó primero una mesa de planta rectangular de barro de color castaño, parte que hoy ocupa el centro de la obra. Este núcleo inicial orientó su eje longitudinal a la salida del sol en el solsticio de verano. A continuación, este bloque se enlució con una capa de barro amarillento. Conseguida así una plataforma inicial, sus paredes se pintaron de una fina película roja. Se rodeó luego todo el bloque de nuevo con una capa de barro blancuzco-amarillento hasta conseguir el modelado de su planta tetrápoda y la protuberancia bicorne de su lado oriental. Ésta se hizo mediante un grueso cordón del mismo barro, dejando en su interior una ligera concavidad. En la cara superior del altar, se procedió a excavar un receptáculo de planta oval o subcircular para alojar las brasas del hogar. Por último, todo el conjunto (laterales del altar y tabernáculo que lo contenía) se pintó de nuevo con arcilla de tono coral.


La capilla roja funcionó algún tiempo en tales condiciones. En un momento posterior se decidió dotar de mayor altura al pavimento de este recinto. Se cubrió para ello todo el suelo con una gruesa capa de tierra de relleno, lo que produjo un peralte de la estancia que dejó el altar a la mitad de su altura original, y ocultó por completo la protuberancia bicorne de su cara este. Así, durante esta segunda fase de uso, el ara adquirió una forma en parte distinta a la primitiva, forma que, como veremos, corresponde ahora de manera más estrecha con las pieles usadas para ensillar los caballos en aquella época.


A pesar de que se ha pensado en la similitud entre estos altares y las pieles de toros (Celestino, 1997: 372), el tipo ha sido considerado casi siempre el producto de la imitación de la forma del lingote oriental de bronce, quizás en parte por la existencia en Chipre a fines del segundo milenio a. C. de un dios que la tradición historiográfica ha relacionado con el lingote y que tenía su santuario en Enkomi (lonas, 1984: 102-105); de ahí el nombre genérico con el que se les conoce en la bibliografía arqueológica: "altares en forma de lingote". No obstante, los detalles constructivos de la pieza de Coria, sobre todo los relativos a su silueta y a la intencionalidad de sus combinaciones cromáticas, resaltan más las primeras posibilidades interpretativas que las segundas. Tanta meticulosidad en su fabricación y en la búsqueda de contrastes de colores debe obedecer a mensajes simbólicos importantes, de los que el mundo religioso está tan cargado. Curiosamente, las formas correspondientes a las dos fases del altar de Coria pueden relacionarse con la de los dos "pectorales" del tesoro del Carambolo, piezas dotadas de indudable simbolismo sagrado (figuras 3.20 y 3.21). La búsqueda y el correspondiente hallazgo de claves que permitan acceder a este mensaje inducen a una relectura y distinta traducción de la forma de estas aras. La nueva hipótesis sostiene que se trata de la copia fiel y real de la piel de un toro, al modo como éstas se trataban en el mundo antiguo.


En egipcio medio, el jeroglífico alusivo a la palabra "piel de toro" es un ideograma que recuerda de forma esquemática la forma de estos altares de barro, si bien aparece en dicha grafía un apéndice inferior correspondiente a la cola del animal (Gardiner, 1982: 464). Pero, en la arqueología hispana, la imagen más directa de cómo eran recortados los cueros de toros y cabras, o las zaleas de ovejas, las muestran algunas figurillas votivas de caballos aparecidas en santuarios protohistóricos. Estos animales tienen representadas las correspondientes monturas para poder cabalgar sobre ellos, y en tales aparejos ha quedado la foto directa de la manera de trabajar entonces las pieles. Se procedía primero a recortarlas dándole forma aproximada de X, siendo los extremos del aspa las zonas correspondientes a las cuatro patas del animal. Luego se delimitaba en el centro una zona rectangular, o de forma parecida a la del contorno externo de la piel, que conservaba el pelo de la bestia mientras que toda una franja externa se rasuraba hasta conseguir una superior crin desprovista de vello. Así, esta orla adquiría el color amarillento que tienen los pellejos de panderos y tambores. Nos han llegado del mundo egipcio algunas imágenes que dibujan de manera fidedigna estas pieles con el rectángulo central de pelo y los bordes rapados (cf. Delgado, 1996: fig. 81).


 




Altar de barro del santuario fenicio del Cerro de San Juan (Coria del Río).


 



"Pectoral" del tesoro del Carambolo.


Obsérvese su estrecho parecido con el altar de Coria del Río




Es evidente que el altar de Coria quiere representar esta idea. En este caso se trataría de la piel de un toro de capa castaña o retinta con los contornos e¡, el correspondiente tono amarillo blancuzco del pellejo depilado. En la forma esquemática de su segunda fase, estos altares se prodigaron por otras áreas de la Península Ibérica. En algún caso, la bicromía entre la zona central y la periférica se plasmó también en fechas posteriores, como ocurre en las cubiertas de tumbas de la necrópolis albaceteña de Los Villares (Blánquez, 1992: lám. 2). Pero sólo la forma recordaba de sobras su significado, en una tendencia constante hacia una mayor abstracción simbólica. Así, cada vez son más numerosos los testimonios que pueden ser interpretados o reinterpretados como tales altares o como objetos litúrgicos que poseen la misma forma y significado: las "bandejas" de bronce aparecidas en La joya (Garrido y Orta, 1978: láms. XXXI XXXII) y en la Mesa de Gandul (Fernández Gómez, 1989), un colgante de oro de la colección del Instituto Valencia de Don Juan (Kukahn y Blanco, 1959: fig. 6), un exvoto de barro cocido en forma de "altarito" hallado en Setefilla (cf. Ladrón de Guevara y otros, 1992: fig 13: 3), un altar de piedra procedente de Villaricos (Belén, 1994b: fig. 4: 6), unas cubiertas de sepulturas de la necró polis murciana de Castillejo de los Baños (García Cano, 1992: 321), el empedrado que rodea la torre funeraria de Pozo Moro (Almagro-Gorbea, 1983: fig. 6), el elemento que "decora" el suelo de una estancia de posible uso religioso del poblado alicantino de época ibérica de El Oral (Abad y Sala, 1993: 179), unas cajas cinerarias del yacimiento portugués de Neves, en el Alentejo (Maia, 1985-1986), etc. Alusión especial merecen en esta relación los "pectorales" del tesoro del Carambolo (Carriazo, 1973: fig. 74), sobre todo porque reflejan a la vez con fidelidad y con un profundo esquematismo simbólico cómo se trabajó la piel del toro en este mundo protohistórico. A pesar del alto grado de abstracción que presentan, en estas joyas han quedado reflejadas la silueta del cuero del animal y el reborde libre de pelo que la rodeaba, y en última instancia el trozo de piel correspondiente al cuello, convertido ya en un apéndice de significado desconocido antes del hallazgo del altar de Coria. En diversos trabajos se ha señalado la presencia original de esta protuberancia también en el pectoral del Carambolo que hoy carece de ella (Kuhkan y Blanco, 1959: 39; Carriazo, 1973: 130; Perea y Armbruster, 1998: 127), por lo que ambas piezas respondieron a la forma más antigua y canónica de la piel del toro, la misma que muestra el altar de Coria en su fase inicial. A partir de esa silueta, y por un proceso constante de simplificación del signo sin menoscabo del mensaje simbólico que transmitía, los elementos religiosos que imitaban estas pieles acabaron por perder la extremidad alusiva al cuello. Los mismos altares (fase reciente
de Coria y los de Cancho Roano), las cubiertas de tumbas (Los Villares de Albacete) y otros emblemas ("decoración" de El Oral), prescindieron de esa parte ¡)ara convertirse en piezas simétricas desde todos sus costados; pero conservaron en cambio en múltiples casos todavía los contrastes de colores que reflejaban el diferente tratamiento de la piel en su centro y en su contorno.



En efecto, en su fase antigua, la más naturalista del altar de Coria del Río, se reconocen aún los elementos que apoyan esta nueva interpretación. Porque la protuberancia bicorne correspondiente al flanco del altar que mira al orto solar constituye la imitación directa de la piel del cuello de los bóvidos, un elemento que todavía hoy poseen las pieles de toros cuando se curten para la elaboración cíe zahones y que aparece ya representado, por ejemplo, en las pieles de bóvidos del disco de Phaistos. En el caso de Coria, esta zona presenta un pequeño receptáculo en principio contradictorio con la idea de superficie plana que trasmite tina piel. La excavación de este punto no condujo a ningún hallazgo, pero un altar circular hace poco descubierto en Cancho Roano -fase C - exhibe una protuberancia también bicorne -aunque de silueta triangular- que dispone de una oquedad parecida. Allí, ese hueco contenía un cuenco de cerámica en el que se debió depositar algún líquido durante las ceremonias litúrgicas (Celestino, 1997: .373). Por tanto, tal vez el altar de Coria contó en su día con un recipiente de cerámica similar, que fue retirado antes del abandono definitivo de la estancia. l)urante los actos de culto, dicha vasija pudo contener una muestra de sangre de la víctima sacrificada, y se ubicó por tanto en el sitio preciso donde correspondía, en la base del cuello, el punto por donde los toros eran degollados y desangrados, es decir, por donde se les iba la vida. Ya en el mundo minoico, un altar del palacio de Phaistos muestra figuras de toros y espirales dobles de pintura roja que se han interpretado como imágenes de las víctimas y de la sangre derramada sobre el ara (Pelon, 1984: 69). Tales ofrendas y su correspondiente liturgia no debieron de ser muy distintas de las representadas en un exvoto de bronce ibérico en el que precisamente toda la escena, referida al sacrificio de diversos animales, se dramatiza sobre una piel de toro (Obermaier, 1921).



De confirmarse dicha línea interpretativa, los altares de este tipo estarían revelando un simbolismo religioso que, por su vinculación con el toro y por haber sido reconocidos en sus estadios más antiguos en un templo fenicio, podrían tener una relación directa con el culto a Baal. Así, su forma de piel de bóvido, imitada también en múltiples objetos y estructuras de nuestra Protohistoria, pasaría a constituir un emblema sagrado revelador de una determinada ideología religiosa que desde su origen estuvo separada del poder político. Y Cancho Roano dispondría de más argumentos a su favor para ser identificado sólo como santuario, un santuario que, como bien ha reconocido Celestino (1997: 363), tiene paralelos estrechos con el etrusco de Pyrgi. Igualmente, responde a unas medidas repetidas en el templo portugués de Abul (Mayet y Tavares, 1994: 24; 1996).

Estudio y explotación de las estelas de guerrero



Las estelas meridionales de "tipo extremeño" o "de guerrero" no han aparecido en el entorno inmediato de la ciudad que algunos tienen casi -o sin casi- por capital de Tartessos: Huelva. Echar mano de la manida idea de que allí se pudieron fabricar en materiales perecederos, como la madera, es acudir de nuevo a una solución incontrolable; porque, ¿hasta dónde llevar entonces el reparto geográfico de las mismas? Rechazada por tanto cualquier propuesta que no sea contar con lo que tenemos, la dispersión de estos monolitos habla de forma elocuente de muchos problemas históricos, sociales, étnicos, culturales, etc., de los grupos que las produjeron y usaron. A ellos, pero sobre todo al que tiene que ver con el estudio de las deducciones sociales que se han derivado, quiero dedicar este apartado.


Desde que se hallaron y publicaron los primeros ejemplares (Roso de Luna, 1898), las estelas grabadas del Suroeste comenzaron una relación íntima con el mundo funerario. Esta vinculación se basó en dos cuestiones que los estudios siguientes se encargarían de poner cada vez más en duda en parte o en su totalidad. Por un lado, la inexistencia de tumbas evidentes para el Bronce Final al estilo de las que existían antes en la zona, estaba demandando argumentos y datos con los que cubrir y explicar ese campo de la muerte, un área muy atendida por la arqueología decimonónica y por la de comienzos del siglo XX por su propia concepción de lo que debía ser meta de su estudio: los objetos prehistóricos. De hecho, los cementerios eran los yacimientos que más cantidad y calidad de éstos proporcionaban. Así las cosas, resulta notoria la preocupación de los arqueólogos por descubrir una estela con su correspondiente muerto debajo. Las pesquisas de M. Almagro Basch al respecto son muestra evidente de esta ansiedad, que se manifiesta ya en la descripción de la primera pieza de su catálogo, precisamente la encontrada en Solana de Cabañas (Cáceres) y que publicó Roso de Luna:



Muy interesantes son las circunstancias en que se halló, pues todo indica que se había conservado, si no "in situ" exactamente sí cerca de la tumba para la que fue labrada. La losa estaba sobre una sepultura, pero, a su vez, fue
cubierta con piedras sueltas, amontonadas sobre ella, formando un majano. Esta sepultura había sido excavada en la tierra firme del lugar, en el cual sólo se hallaron débiles restos del cadáver. Aunque se habla de "ligeras cenizas como de esqueleto humano", creemos se trata de un sepulcro de inhumación, aunque a los huesos muy destruidos se les designó como "ligeras cenizas" en vez de escribir ligeros restos de esqueleto humano. Sabemos por las circunstancias en que se halló la lápida de la Granja de Céspedes (Badajoz),


EL OCASO DEL MUNDO TARTÉSSICO


Lo que entendemos por Tartessos experimentó una crisis notable en el siglo VI a.C. por la combinación de una serie de factores no del todo conocidos que determinaron un cambio de coyuntura, un sesgo a la trayectoria histórica anterior. Pero,.pese a algunos traumas, puede entenderse en alguna medida como una crisis de crecimiento, y no tanto de acabamiento.


La crisis de Tiro, en este caso con el fin de su importancia como metrópoli cabeza de un Imperio Colonial, por los golpes de asirios y babilonios, la imposición de Cartago como nuevo lider de los semitas de Occidente, que intensificaría el afán de control y de dominio territorial de los fenicios en la nueva etapa púnica, la crecimiente imposición de la metalurgia del hierro y otros fenómenos determinaron el paso a una etapa distinta.








Urbanismo Turdetano


El mundo tartésico se perpetuaría en el turdetano, con un nombre que habla por sí sólo de las diferencias y de la continuidad. Las primeras tuvieron entre sus determinantes una cada vez más intensa penetración territorial de los púnicos -hasta el punto de que Estrabón llegará a decir que la mayoría de las ciudades de la Turdetania y de las regiones vecinas estaban pobladas por ellos-; y, también una ascensión de la presencia de célticos en el occidente de las tierras tartésicas. Pero, tanto en el ámbito estrictamente púnico como en el turdetano, se observa una rápida recuperación del pulso cultural y económico, y una gran actividad a partir de la inflexión del siglo VI. Lo mismo que ocurriría en la Alta Andalucía y el Sureste de la Península, donde el germen de la cultura tartésica, extendido ampliamente en este ámbito durante la etapa orientalizante, promovió el proceso formativo de la personal cultura ibérica clásica.


En resumen, la trayectoria histórica y cultural tartésico-fenicia de la época orientalizante, se transformó en la ibérico-púnica que caracterizó a la España Mediterránea hasta los tiempos de la conquista romana.



BIBLIOGRAFÍA


 


- Martín Almagro, Oswaldo Arteaga, Michal Blech, Diego Ruiz Mata y Hermanfrid Schubart 2001.Protohistoria de la Península Ibérica. Editorial Ariel (2001)


-. Revista La aventura de la historia. Número 17. Marzo 2000. Dossier Enigna de los Tartesso





  • Roldán Hervás, José Manuel. Historia Antigua de España I: Iberia prerromana, Hispania Republicana y alto imperial. Editorial UNED. Madrid (2001)




  • Celestino Pérez, Sebastián. Estelas de guerrero y estelas Diademadas. La precolonización y formación del mundo tartéssico. Editorial Bellaterra. Barcelona (2001)




  • Jaime Alvar, José María Blázquez. Los enigmas de Tarteso. Editorial Cátedra. Madrid (1993)


- Actas del congreso de Próximo Oriente 1997


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